jueves, 9 de septiembre de 2010

Juego a que cambio

La vida es tan corta y cambiante y veloz que muchas veces uno, para contar sus certezas, no puede darse el lujo de esperar a más tarde sin correr el riesgo de decir exactamente lo contrario de lo que está pensando ahora.
Así que, a toda prisa, me siento a teclear, antes de que la próxima brisa altere el orden en que un Ribera del Duero, descorchado esta hermosa noche por mis primos Felipe y Diana, ha combinado algunas palabras tras mi frente.

Lo cierto es que tenemos tal capacidad de adaptación y tan innatas facultades para el cambio, que no es ni raro ni inconveniente ni desproporcionado ni absurdo ni fuera de lugar ni “malo” pensar y decir hoy algo acerca de un suceso, una idea, una situación o lo que sea, sobre la que ayer pensábamos exactamente lo contrario. Tampoco, sea lo que sea que se diga, tiene que resultar errado en ningún caso.


En tiempos de Homero la tierra era plana y circular o al menos tenía límites o lo que sea que se aseguraba en esa época. Desde luego, en ningún caso era redonda la Tierra. Poco después ya algunos como Pitágoras (o Aristóteles más tarde) presentaban “evidencias” sobre su forma esférica. Cuando llegó Colón al Caribe creyó que le había dado la vuelta a la Tierra. Aquel error cambió un montón de cosas, empezando por los mapas. Pero, las cambió, única y exclusivamente, para quienes sucedimos al navegante genovés. La historia no se vio alterada en lo más mínimo, ni, con ella, los valores, los principios, el comportamiento de los humanos.
Visto desde la distancia, para las motivaciones o consecuencias del rapto de Helena por Paris contado por el gran poeta en la Ilíada, la forma que tuviera la tierra no tiene la menor importancia.

Algo parecido debió pensar el astrónomo, filósofo, matemático y físico Galileo Galilei acerca de la importancia de que fuera la Tierra la que girara alrededor del Sol y no al revés como se creía en su época, en el momento en que se supo condenado por el tribunal de la Santa Inquisición. El gran científico se retractó públicamente de sus ideas. Y, aunque la leyenda cuenta que mientras se marchaba dijo (¿en voz baja?): “Eppur si muove” -“Pero se mueve”-, (frase que refutaba su reciente abjuración y que los historiadores apuntan como un acto de rebeldía del científico ante las autoridades de la época), en el fondo, para mucha gente, su dimensión de hombre de principios siempre ha quedado oscurecida por la duda de si no hubiera sido más digno morir por defender lo que creía, por sostener su verdad. (No obstante, no hay que desechar que Galileo hubiera aprendido a esa altura de su vida -69 años- que, en lo referido a evidencias científicas, lo que hoy parece obvio mañana puede resultar un disparate)

El caso es que eso, negarse uno mismo, negar lo que se ha dicho alguna vez, no es visto con buenos ojos por mucha gente.

Yo mismo suelo, por precaución, dar poco crédito a las personas que hoy dicen una cosa y mañana otra, ya sea lo contrario o alguna variante notable acerca de lo comentado. Sobre todo me alarmo cuando esa persona puedo ser yo mismo. Para evitarlo procuro, como norma, hablar de cosas sobre las que he reflexionado previamente, haciéndolo siempre con prudencia. Intento no hablar de algo sobre lo que me he atrevido a aventurar criterios sin mucho tejido (y, sss... si tengo que hacerlo, procuro recordar o averiguar qué fue lo que dije antes, y, siempre que puedo, trato de coincidir con mi criterio) Cuando, como es frecuente, mis opiniones de hoy no coinciden con las de ayer, intento que no se note mucho. El truco está, creo, en siempre procurar que parezca que habla uno de cosas distintas. En el peor de los casos hago lo que ya he contado alguna vez (un poco lo que ahora): intento bromear. Pero, nunca, al menos mientras puedo, hago o digo algo que pueda afectar el destino o el proyecto personal de otras personas. Tengo la suerte de ejercer una profesión en la que el único destino supeditado a mi acción es el mío propio. No tengo una empresa, ni un cargo directivo o político. Linda la libertad.

Se supone que los valores, los principios, las ideas, han de ser estables, constantes indentitarias de un individuo. Llegamos al punto de tolerar y respetar mejor y más a una persona equivocada capaz de mantener sus ideas y principios, que a un individuo que hoy cuenta una cosa y mañana cambia su discurso, por muchas razones que argumente a favor de la dialéctica y de la capacidad de cambio y adaptación a los nuevos tiempos e ideas y de respeto a la verdad y el rigor o la necesidad.

(Dejo claro que me refiero a cuestionamientos de tipo morales y éticos, a valores relacionados con el comportamiento humano. Las argumentaciones de tipo técnico, científicas y por el estilo, no pueden ser juzgadas o medidas del mismo modo. Es por ello que no se juzgan igual la abjuración de Galileo, ni las auto-refutaciones de Stephen Hawkings, que las hipócritas, oportunistas y poco creíbles “negaciones” o “cambios de estrategias” y planes y discursos y leyes realizadas por políticos de todos los tiempos y lugares, que afectan de modo directo el destino y proyecto personal de millones de personas. La incompetencia remendada con mentiras y manipulaciones del actual presidente español ZP ha enviado al paro a la 5ta parte de la población en edad laboral; no se puede juzgar igual. El "reconocimiento" por parte de Fidel Castro de ser el principal responsable de la persecución que sufrieron los homosexuales en Cuba durante la década de los sesenta tampoco puede ser juzgado igual: -"En esos momentos no me podía ocupar de ese asunto…" "Pero en fin, de todas maneras, si hay que asumir responsabilidad, asumo la mía. Yo no voy a echarle la culpa a otros")

Esta mañana, y a raíz de la polémica que refería en el post anterior y que es también origen de este, he estado releyendo un artículo escrito en 1907 por Miguel de Unamuno, en el que, apremiado por los cuestionamientos de algunos seguidores acerca de su religión, les argumenta sobre sus creencias. Aquí resumo un pasaje:


"“En el orden religioso apenas hay cosa alguna que tenga racionalmente resuelta, y como no la tengo, no puedo comunicarla lógicamente, porque sólo es lógico y transmisible lo racional... Tengo, sí, con el afecto, con el corazón, con el sentimiento, una fuerte tendencia al cristianismo sin atenerme a dogmas especiales de esta o de aquella confesión cristiana...
Confieso sinceramente que las supuestas pruebas racionales _la ontológica, la cosmológica, la ética, etcétera _ de la existencia de Dios no me demuestran nada; que cuantas razones se quieren dar de que existe un Dios me parecen razones basadas en paralogismos y peticiones de principio. En esto estoy con Kant. Y siento, al tratar de esto, no poder hablar a los zapateros en términos de zapatería.
Nadie ha logrado convencerme racionalmente de la existencia de Dios, pero tampoco de su no existencia; los razonamientos de los ateos me parecen de una superficialidad y futileza mayores aún que los de sus contradictores. Y si creo en Dios, o, por lo menos, creo creer en Él, es, ante todo, porque quiero que Dios exista, y después, porque se me revela, por vía cordial, en el Evangelio y a través de Cristo y de la Historia. Es cosa de corazón.
Lo cual quiere decir que no estoy convencido de ello como lo estoy de que dos y dos hacen cuatro.
Si se tratara de algo en que no me fuera la paz de la conciencia y el consuelo de haber nacido, no me cuidaría acaso del problema; pero como en él me va mi vida toda interior y el resorte de toda mi acción, no puedo aquietarme con decir: ni sé ni puedo saber. No sé, cierto es; tal vez no pueda saber nunca, pero "quiero" saber. Lo quiero, y basta.
Y me pasaré la vida luchando con el misterio y aun sin esperanza de penetrarlo, porque esa lucha es mi alimento y es mi consuelo. Sí, mi consuelo. Me he acostumbrado a sacar esperanza de la desesperación misma. Y no griten ¡Paradoja! los mentecatos y los superficiales.
No concibo a un hombre culto sin esta preocupación, y espero muy poca cosa en el orden de la cultura _y cultura no es lo mismo que civilización _ de aquellos que viven desinteresados del problema religioso en su aspecto metafísico y sólo lo estudian en su aspecto social o político. Espero muy poco para el enriquecimiento del tesoro espiritual del género humano de aquellos hombres o de aquellos pueblos que por pereza mental, por superficialidad, por cientificismo, o por lo que sea, se apartan de las grandes y eternas inquietudes del corazón. No espero nada de los que dicen: "¡No se debe pensar en eso!"; espero menos aún de los que creen en un cielo y un infierno como aquel en que creíamos de niños, y espero todavía menos de los que afirman con la gravedad del necio: "Todo eso no son sino fábulas y mitos; al que se muere lo entierran, y se acabó". Sólo espero de los que ignoran, pero no se resignan a ignorar; de los que luchan sin descanso por la verdad y ponen su vida en la lucha misma más que en la victoria."


Ante un alegato como este siento que no ha de existir margen a la irresponsabilidad y la ligereza. Tal vez el enfoque (o el efecto) se perciba intensamente sentimental, pero, no es este el clamor de un aprendiz de hombre, es el llamado de un hombre espléndido, de un pensador y creador de lujo.

A su memoria aquel Ribera...
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6 comentarios:

  1. Queridísimo amigo, acabo de aterrizar de Tenerife -estuve allí cuatro días- y me encuentro con este texto tuyo, muy valiente por cierto. No tengo ahora fuerzas para aportar mucho -estoy muy cansado- pero no quiero dejar de escribir algo, aunque sólo sea por agradecer tu esfuerzo y tu valentía a la hora de compartir esas inquietudes. Mira, tú tienes fe, y en esa fe has colocado una imagen potentísima que, cuando menos, te servirá para mejor vivir, y, quién sabe, si también para mejor morir, mejor sobremorir, mejor sobrevivir... En fin, lo que está claro, al menos para mí, es que, en una fe como la tuya, que no se acuna ni se acomoda en la ceguera, sino que trata de empinarse por encima de la mera intuición para padecer en el imperio de la duda, no puede haber nada pernicioso, ni para ti ni para otros. Obviamente es éste un terreno muy complicado que no se puede pretender abordar -y mucho menos agotar- en este medio. Pero como te aprecio mucho y no te quiero dejar solo ante el peligro, yo, que me asomo a él desde otros balcones, te confieso que, desde un laicismo descafeinado -digo descafeinado porque tiene una base cultural judeo-cristiana innegable y que para nada evito o niego- tengo algunas dudas importantes sobre conceptos tan complejos como la Nada, el Todo, Dios, etc. Claro, yo, hoy por hoy, tiendo a creer que todos esos esenciales y escapistas conceptos son hijos de la Imagen, para la que tan bien dotados resultamos estar los humanos; pero ¿a qué tipo de imagen pertenecen, dónde tienen esas imágenes su genésis, para qué realmente nos sirven? Estas y otras muchas preguntas a mí también me inquietan. Pero fíjate, cuando mi inquietud deriva en la razón hasta niveles muy incómodos, reacciono y me salvo de nuevo en la Imagen. Comparto contigo unas citas de Kierkegaard: "...La dialéctica despeja el terreno de todo lo que sea irrelevante e intenta entonces trepar hasta la idea; cuando esto, por su parte, fracasa, la imaginación reacciona. Cansada del trabajo dialéctico, la imaginación de pone a soñar, y de ahí resulta lo mítico..." "... Si, una vez que la conciencia ha despertado, la imaginación añora por su parte retornar a esos sueños, lo mítico se presenta bajo una nueva forma, a saber, como imagen. Se ha producido, pues, una alteración según la cual la conciencia asume que lo mítico no es la idea, sino un reflejo de la idea..." Y ahora comparto contigo un par de cosas de Lezama: "... La hipótesis de la imagen es la posibilidad..." "... Ese tesoro que lleva escondido un ser prodigioso como el hombre, puede ser tan solo penetrado y esclarecido por la imagen..." Y también comparto contigo unos versos míos recientes y aún inéditos:

    Sean ambos bienvenidos a mis días./ Imagen y Señor,/ por vuestra seguridad manteneros a mi lado. No seré dócil,/ pero sé cómo debo proteger a mis huéspedes./ Imagen te venero./ Señor -de la imagen costilla- a ti te admiro./ Imagen y Señor./ ¡Salve! ¡Vivan!
    "Yo sé que sin mí Dios no puede vivir ni un instante" Ángel Silesio.

    Como ves, yo veo estas cosas de una manera distinta a la tuya, pero para nada las tengo resueltas. En cualquier caso, lo que si creo que puedo decirte con cierta convicción -perdona mi atrevimiento casi hereje- es que tu Dios te necesita, que como dijo el místico alemán que cito arriba: sin ti no puede vivir ni un instante. Entonces amigo, ¿qué de malo puede haber en que tu Dios te ayude a vivir a ti mientras que tú lo ayudas a vivir a él?
    Te abrazo. Jorge

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  2. Jorge, amigo, gracias a Dios que estabas “sin fuerzas” y “muy cansado”. Se te ve muy en forma disparando desde el suelo.
    Me ha encantado tu comentario y quiero, a propósito, apuntar alguna cosilla.
    Lo más denso es tener siempre que apostillar sobre las diferencias entre fe, religión e iglesia. Supongo que tienes en cuenta esas distinciones cuando dices “una fe como la tuya” (mía). Pero, también es bueno y sano eliminar los supuestos: No soy religioso, en sentido activo, o sea, no practico ninguna religión. No voy a la Iglesia, al templo, más que a admirar valores culturales y artísticos, de esos que como arquitecto y artista tan bien conoces. Tampoco pertenezco a grupo alguno que por su sistema de creencias, comportamiento y seguimiento de determinados dogmas suele llamarse también Iglesia. No obstante, mi sistema de creencias sí se identifica con el cristianismo de modo más amplio que por simple herencia cultural: creo, respeto e intento cumplir la mayor parte de los principios éticos y morales que este propone. Curiosamente, en este aspecto, me resulta obvio que tú haces lo mismo, como cualquier hombre de bien, crea o no en Dios. Una cosa más: dentro de estos territorios tampoco me identifico con ninguno de los feudos existentes: catolicismo, protestantismo (en sus mil y una variantes), ortodoxos, anglicanos.
    Queda la fe.
    Tengo fe en Dios. Sé, por fe, que Dios existe. Sin embargo, esa fe es consecuencia de mis dudas acerca de la existencia de Dios. Porque, si tuviera constancia de que Dios existe, entonces no tendría fe.
    Mi fe no es superstición, sino complemento a mis dudas de que Dios exista. Están mezcladas. En otro sitio comentaba que, como la fe, la duda es una de mis obsesiones y que tengo también enorme fe en la duda.
    Pero, no siempre tengo dudas. Y, cuando no dudo, cuando “sé” que Dios existe, lo trato entonces de tú a tú, le grito, le reprocho la tanta infamia, el dolor, el abandono. Y, como es lógico, pierdo la fe: “nada hay más allá de lo que vemos, de lo que sabemos, estamos muertos desde ya, no creceré hasta dónde supuse que algo como yo podía crecer”.
    La fe es el camino que me lleva a las respuestas que busco desde siempre: ¿por qué estoy aquí, para qué? Sólo hay dos respuesta a esas preguntas. Una es la de los no creyentes (la que proviene puede que de un ¿“laicismo descafeinado”? y también del yo que a veces duda)... esa respuesta la conocemos: no hay razón, no hay plan, estamos aquí por azar, para nada.
    La otra respuesta es la que se sostiene sobre la fe: Dios... No está a nuestro alcance saber el por qué, pero hay un por qué.
    Conocemos el mal, el dolor, el sinsentido, el desamor, la ausencia. Sabemos de sus consecuencias, por lo tanto no tenemos nada agradable o provechoso que esperar en ese sentido. Pero, conocemos igual el bien, el placer, el amor: ¿por qué no tener fe en que eso se multiplicará, que eso es sólo un avance, una mínima manifestación de algo mayor-mejor? La fe es una infraestructura de la esperanza, del bien, de lo bueno, del amor. Por fe creo que Dios Es y que es amor. Y, porque si Dios no existe, ¿qué hacemos tú y yo hablando de él? ¡Hablemos de la Nada!

    Te has preguntado, Jorge, ¿qué hacemos dentro de este frágil y primitivo animal, del que no sabemos sacar todo el provecho que propone, y que seguramente se extinguirá cuando le corresponda sin haber salido jamás del asombro en que lo debe haber sumido la invasión de esta “sustancia de vida” llena de fe en mi caso y de dudas en el tuyo?
    Tú, amigo, que tanta fe tienes en la Imagen, ¿qué crees que somos sino tenue Imagen nosotros de aquello adonde conduce mi fe?
    Gracias por estar acá, conmigo.

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  3. Amigo mío, la fe no se discute, es imbatible, y honestamente, yo creo que es una bendición para quien la posee y sabe drenar sus apetitos sin afectar a terceros. La fe en Dios participa como es lógico de ambas cosas: imbatibilidad y bendición. Yo te felicito porque asumes y celebras tu fe desde el respeto, y porque, además, abres una puerta a la duda, para que la fe, -la tuya, que está viva- ventile, purgue sus destilados, se contamine, se inflame de humanidad... A partir de ahí, ¿qué más da cómo se acomoden en este yacimiento de incertidumbres los que no tengan la suerte de una fe ventilada como la tuya? Es cierto que el hombre -tan esclavo de su ser social- necesita compartir certezas y dudas con sus semejantes, examinarse ante ellos y examinarlos. Sólo mentes muy ruines son capaces de disfrutar en el aislamiento más absoluto de un hallazgo venturoso, o de padecer un peligro sin avisar a nadie. Parece normal que, antes de examinarnos ante Dios, lo hagamos ante nosotros mismos y ante el resto del clan. Parece normal que intentemos buscar en los demás respuestas para los estímulos que nos aguijan, y que además, intentemos validar en ellos nuestras propias respuestas. Todo esto creo que es muy humano, y que no comporta riesgo alguno siempre que se haga desde posiciones que no ahoguen las diferencias. Dicho esto, y aunque no importa nada, por no regatearte mi endeble posición ante estos temas, te digo que a mí, de momento, no preocupa demasiado discernir si Dios existe o no. Me pregunto si necesito su imagen. Si la necesitara la colocaría de inmediato en mi particular ara. Pero, también de momento, más que a la imagen de Dios, necesito la imagen de lo divino, que a su vez resulta un territorio medio mítico, medio abstracto, pero en cualquier caso paridor empedernido de imágenes alentadoras. Ay, hermano, qué asunto más viejo y más inabarcable... Mientras más vivo y más leo, más dudo. A ver cuándo nos vemos. Te abrazo. Jorge

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  4. Debe existir Dios cuando un siglo después de las geniales reflexiones del maestro Unamuno, un cubano errante y no menos brillante levanta en su honor su copa de Ribera del Duero. Aquí debe estar Dios en el tiempo que perdura en la idea y madura la uva. Y debe estar Dios en la esperanza que emana de mi "corazón desesperado" leyendo estas palabras.
    Un abrazo Rubén, te siento curioso y alegre como un niño.

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  5. Gracias, Antonio. Después de las reflexiones de Unamuno no nos queda más que hacer acopio de humildad y desde ahí procurarnos el tramo de verdad que nos corresponda. Pienso que puede, la verdad definitiva, estar conformada por cada una de las personales verdades que podamos ir conquistando nosotros los mortales, como espera el maestro.
    Por cierto: de Dios, de la humildad, de la verdad y la esperanza tengo novedosas evidencias desde que te conozco.
    Alegre y curioso por momentos, siempre niño, te abrazo también.

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