jueves, 27 de agosto de 2015

No es la vida la que pasa, somos nosotros.

No es la vida la que pasa, somos nosotros.
I.
Toda persona ocupa un lugar único, no transferible, en este tren imparable y sin estación de destino que es la Vida... Ineludible viaje. Cuando nos percatamos del tren ya estamos montados en él, no hay vuelta atrás. No pudimos elegir entre viajar o no. Más aún: somos cada uno el viaje mismo, su sentido y su fin.
Pero generalmente todo eso nos toma desprevenidos y transitamos la mayor parte del trayecto mirando tras la ventanilla “cómo pasa o cómo se nos va la vida”... Sin darnos cuenta plena de que no es la vida la que pasa, somos nosotros. Eso que creemos ver pasar a toda velocidad tras los cristales realmente está quieto. Somos nosotros los que nos desplazamos, los de la prisa... ignorada o evadida, incontrolable prisa que nos acorrala en ese espacio que se comprime y comprime entre lo que somos y el momento en que, también sin poder elegir, el viaje termina para nosotros y tenemos que abandonar el tren.
Porque todos nos bajamos algún día del tren. A la mayoría nos aguarda una oscura estación en medio de la nada y del olvido. Otro pasajero se sentará en nuestra silla, se ajustará lo que fue nuestro cinturón y, ciclo eterno, recorrerá como sea capaz su propio tramo del viaje. Así va este tren desde tiempos ha... cada vez más lleno... ocupados siempre casi todos los asientos...
Casi... En cada vagón se avizora algún asiento vacío... eternamente inocupado desde que el pasajero que en él viajaba tuvo que abandonarlo. Porque hay asientos en el tren de la vida que nadie puede volver a ocupar jamás.
Claro que toda persona abarca un lugar único e insustituible. Pero hay seres que, además de ese su lugar, tienen espacio real y conviven en lo mejor (o en lo peor en tantos lamentables casos... sólo que aquí hablo de los buenos) del ser individual que cada uno de los otros es, como un órgano más del propio cuerpo espiritual de estos otros pasajeros que, una vez aquel ha concluído su viaje, conservan en sí todo el espacio que ya no ocupa físicamente el hombre único y especial que se ha bajado.

II.
Daniel Rabinovich acaba de abandonar el tren. No importa dónde se bajó ni por qué... no aplica la tontería cuando se va alguien que no tiene sustitución. El suyo es un asiento que no podrá volver a tener pasajero. Y, amputado uno de esos órganos que dan sentido a nuestras personales vidas, andamos cojeando hoy de la sonrisa quienes portamos a Les Luthiers (y a Daniel como alma de esa institución del humor en castellano) en nuestra chequera de pagar aquella parte de la felicidad que es el reír desde la inteligencia y el buen gusto.
Así le iba y le irá por siempre al artista y al ídolo de quienes lo degustamos con admiración, respeto y placer absolutos .
Pero quiero cantar sobre otro escenario en el que también reinaba este hombre especial.
De la dimensión humana de Daniel Rabinovich supe a través de la vía más hermosa que transitamos los hombres, la de una amistad: la que mantuvieron él y mi hermano de camino Pepe Pelayo. Fue Pelayo quien me condujo al hogar cálido e intenso que era Daniel a través de las historias, anécdotas, travesuras cometidas al andar o intercambiadas entre ellos a través de encuentros, mensajes y cartas, llamadas y “madruguerías” galopadas del lloro a la risa y del poema al chiste sobre un sendero de respeto, admiración y mutua necesidad satisfecha de saberse y tenerse.
Sacudido aún por lo irreparable y lo a destiempo de la partida del argentino quiero sencillamente dejar constancia de mi personal orgullo y de la emoción que en momentos especiales esa amistad provocó en mí... no sea que a un servidor o al propio Pepe nos bajen repentinamente del tren (porque siempre sería en contra de nuestra voluntad) sin haber proclamado yo a tiempo (mientras aún en el tren estamos) el orgullo que sentí y siento de haber sido el rincón elegido por Pelayo para descargar su íntima emoción de saberse destino cuando la necesidad de un abrazo apuraba a nuestro ídolo común.
El orgullo es para mostrarlo. El orgullo que proviene de los grandes y hermosos valores... y que es imperativo moral del hombre. Sólo quien sin esas premisas exhibe orgullo es un fanfarrón... Les Luthiers es un ídolo para los integrantes de la Seña del Humor de Matanzas, agrupación humorístico-musical cubana de la que formábamos parte Pelayo como director y fundador y yo como pude, desde que a mediados de los 80 topamos con un casette de esos maestros del arte... “Daniel, el de Les Luthiers” era, es y será nuestro ídolo de los “lesluthiers”...
He pedido permiso a Pelayo para mostrar este hermoso texto que tuve el privilegio de que necesitara él compartir conmigo y que recibió de Daniel, que he guardado con celo y celos y que me proporcionaron dos (énfasis) orgullos: el primero por Pepe, que era el destinatario de los apremios de amistad de Daniel... el segundo por mí mismo, que lo era (y aún creo serlo) de los de Pelayo.

De Daniel Rabinovich a Pepe Pelayo. Diciembre de 2011

Oiga Don Pepe:
Hace muchos años, una querida amiga mía llamada Paloma San Basilio, me regaló un rododendro.
Planta generosa, como mi amiga, no ha dejado de llenar mi jardín de flores rojas y bellas.
Cada vez que me acerco a ella, a la planta, me parece escuchar a Paloma cantando. Canciones picarescas, trozos de operetas y algunas otras que no logro reconocer. No tiene perfume, la planta, ni sus flores. A pesar de ello son realmente hermosas.
Y recuerdo a mi amiga cantando, charlando y comiendo y compartiendo una larga vida de amistad.
Esta mañana, mientras trataba de descifrar qué cantaba, mi amiga Paloma, me di cuenta de que había abierto una flor negra, el rododendro.
Primero pensé que era un bicho, alguna langosta o moscardón de los que la visitan, a la planta.
Pero luego, al observar detenidamente y más de cerca, al supuesto insecto, comprobé que realmente era una flor. Una flor negra.
Sorprendido, intenté comprobar si tenía perfume, la flor negra. Y sí. Lo tenía.
Un perfume a Caribe, a Islas de ensueño, a bongó y palmeras. A música.
Rápidamente traté de acordarme si había bebido y, por supuesto lo había hecho. Lo hago todos los días. Pero en una medida razonable, literalmente: una medida razonable. De manera que era imposible que estuviera en uno de mis habituales momentos, días o semanas de borrachera y falta de conciencia.
Y me habló... La flor. Me dijo que sabía mi historia, mi pasión por la música y por las plantas, mi culto a la amistad.
No creo que muchas flores hablen. Y mucho menos con ese sonido tan armonioso, como si cantara.
Me dijo que su negrura era de felicidad, de compartir con otras plantas y flores el amor por ese color.
Y me pidió que le cantara. “no me cortes, cántame”, me dijo, la flor.
Una canción Caribeña, en lo posible Cubana”, agregó.
Le contesté con indisimulable pena que no conocía ninguna para cantarle y traté de consolarla tarareando un par de canciones en iddish, de las que tanto me gustan, a mí.
Primero se sonrojó, como de placer, y luego retomó su color negro y volvió a hablarme, la flor.
Y por fin me pidió que lo llamara a mi amigo Pepe, el cubano, para que le cantara a ella especialmente, a la flor.
Está hermosa, la acabo de ver, a la flor. Y aunque no huele a nada, creí percibir un cierto perfume a uvas, más bien a uvas fermentadas, como a licor.
Creo que la flor durará en su lugar, el rododendro, el tiempo suficiente para que alguien le cante en persona alguna canción Cubana.
Ojalá eso suceda pronto.
Hágase cargo.
DR



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