sábado, 22 de mayo de 2021

Balacera del buen humor

(I) Buenhumor

Cantinflas convirtió en arte la tara de la incoherencia. Sentó cátedra con la artimaña de parecer incapaz de comunicar algo preciso mientras no cesaba de disparatar hasta conseguir lo que verdaderamente quería: hacernos reír. Pocos han logrado hacerse comprender tanto con tan arriesgado contradictorio recurso.

Pero hay otra virtud en Cantinflas de la que no se habla mucho. Quizás porque no está muy clara de cuál de dos posibles cualidades se trata:

1- la de un profeta que se adelantó a su tiempo, adivinando o percibiendo cómo sería la comunicación de los hombres del mañana, su mañana... o

2- la de un diestro hipnotizador que insertó en las mentes de los hombres de su futuro (o sea, nosotros en nuestro presente) la perfecta manera de sobrevivir y convivir sin tener que esforzarnos lo más mínimo para entendernos; algo así como usar un mismo lenguaje sin tener que consensuar el idioma ni respetar conceptos, expresiones, significados y significantes, referencias, estilos, valores, principios, normas... únicamente hablar y hablar y hablar hasta que los demás nos acepten.
Bueno, he ahí una particularidad que distancia un tanto a Cantinflas: él no parecía pretender ser aceptado sino que, simplemente, nos riéramos. Al menos ese fue el orden en que se nos presentó. De hecho a él lo aceptamos no por lo que su personaje intentaba y no conseguía decir, puesto que pocas veces eso tenía importancia, sino mayormente porque su tanto esfuerzo, al resultar inútil, nos provocaba risa. ¡Es tan gracioso el fracaso ajeno! Mayor mientras mayor énfasis y esfuerzo despliegue el presunto fracasado. También Chaplin cultivaba y conseguía hacer florecer estos controvertidos pantanos philoso-psicolo-ilógicos con total éxito.

Al mismo tiempo, el de hacer reír tiene consideración de arte menor, nada solvente y, salvo en determinados casos muy escasos, poco inteligente. Más o menos es eso lo que se desprende desde una mayoría de críticos e intelectuales, políticos y hasta artistas, diplomados entiéndase, a quienes el humor les va por arribita y al que premian con el beneficio de su compasiva y noble tolerancia. Por supuesto, evitando dejar entrever la incomodidad que les causa el alto contenido de subversión que hay en el humor. Pero mejor no meterse en eso, no ahora mismo.

El asunto es o resulta ser que, a estas alturas, por imitación o por inducción, por vocación o por predestinación vivimos ya en un mundo en el que hemos terminado todos siendo cantinfloparlantes. Es decir: hablaquetehabla disquequetedisque inventatetucuento forguérete de la veddá y la realidá.

Solo que en nuestro cantinfleo prevalece una muy marcada intención de ser aceptados y tomados en serio. ¡Sobre todo si eres humorista! Nada de hacer reír a alguien. Eso es cosa de pobres. De pobres de antes, se entiende. De pobres dementes de mentes. De pobres de hambre y de barrio. Como Cantinflas y Charlot.

Y es que hoy todo ha cambiado, hoy todos somos ricos y acumulamos inmensas fortunas en likes, deditos hacia arriba y emocionantes views que hacen no solo innecesaria sino inútiles la inteligencia y la aproximación a la verdad, no digamos ya la risa. (Por cierto: ¿conocen ustedes a algún rico humorista? Sé de humoristas que se han hecho ricos pero no me suena a la inversa)

El punto está en que a estas alturas todo el mundo habla incesantemente. Todos tenemos algo que decir. Sobre lo que sea. Sobre todo. Incluso sobre nada. Decir por decir en la certeza o la esperanza de que alguien escuchará y hasta puede que recibamos un like y varios views. Todo se está diciendo y todo está por decir.

Un cantinfleo global. Globocantinflacion.


(II) Malhumorado

Si algún peligro hay en este cantinfleo nuestro de cada día no proviene de lo que decimos o maldecimos, por muy incoherente, irracional o estúpido que resulte. El peligro viene justo y únicamente de lo que no se diga, de lo que nos callamos, de ciertos silencios y los riesgos que implican los silencios. De que existan cosas de las que nadie habla. Ni siquiera (o sobre todo) los humoristas.

Y, aprovechando el caso del humorista cubano que anda ahora en boca de media Cuba, pongo un ejemplo de realidades que, al ser calladas, terminan convertidas en "presuntas realidades". Días atrás el humorista cubano Alejandro García "Virulo" puso en evidencia cuán expuesto está lo que se calla a padecer el típico ataque de “apropiación” tan de moda en nuestros tiempos. (Si lo sabré yo)

¿Qué era lo callado? Pues callado andaba de boca en boca que, lo que en algún lugar y momento (digamos Cuba, digamos años 80' - 90’?) fue una creciente bola de nieve de buen arte buen rollo buen humor, anda desde hace rato deshecho en menudos y pedazos por medio mundo, cada copito tirando para su helado, guardándose de los cuernos ajenos y escondiendo los propios. Se diría que combatiendo la supervivencia. Solo que a la supervivencia solo la han sobrevivido, desde siempre, las familias (en familia), las tribus (en tribu) y las bolas de nieve (con dos bolas). Pocas veces, casi siempre en la literatura, han sobrevivido a la supervivencia los solitarios, los Robinsones o los náufragos del ninguria parte de la histeria del hombre.

Nada!, un agujero en el sistema que separa hoy lo que un día Dios unió: gente, a la que el humor acercaba, separada tras el paso del tiempo por el silencio.

Silencio que, como frío viento norte, propicia se nos eche encima una suerte de teórica del humor que nos embadurna con categorías, distinciones, grados de valor desde criterios ideológicos, morales, estéticos, técnicos, de género y jerarquías intelectuales.

Un agujero que tiene su lado más oscuro en el silencio a la hora de reconocer y reconocernos los unos y los otros en los otros y el todo. Empezando por las influencias naturales e imprescindibles, vengan de la coincidencia tanto como de la divergencia, de la inteligencia como de su escasez, del más fino y delicado humor como de la sangroná menos afortunada. Los de adentro y los de afuera. Los clásicos y los noveles. Los buenos y los muy buenos.

Silencio de identidad: “Yo soy Yo y mi Mí”. Como un Ortega sin Gasset. Cada uno y cada quien. Ya saben: “Solo existo Yo”, evento este inopinable porque la circunstancia es la misma para todos. Circunstancia hay una sola y a ella me debo, puesto que, como la madre, vino a tocarme justamente a mí. Como si fuéramos muchos y no los tres o cuatro que en realidad somos. Pero tres o cuatro, queridos, que no uno o dos.
Estaba cantado entonces que, en situación tal, cualquier virulo se puede dar el lujo de decir lo que le dé la gana a propósito de lo que nadie habla. Justo por eso: porque nadie lo habla. Porque hasta un virulo sabe que, tradicionalmente, lo que queda es aquello sobre lo que se habla. Haya ocurrido o no.

Y porque vivimos tiempos en los que el arte (y hay quien dice que el humor es arte) ya no existe, como casi nada existe o casi todo no existe hasta que se opine sobre ello o él. Pues existe solo la opinión de cada quien en este planeta sobre casi todo, existan o no quienes opinan y aquello sobre lo que se opina, incluidos el arte y hasta casi nada. Y si, sobre algo, nadie o alguien dice algo o nada, o sea, si nos callamos y nada decimos sobre algo, cuando alguien algo dice es como si hubiéramos delegado en él el lujo de ser autoridad autorizada para decir lo que sea. Por poco que diga o equivocado que esté. Y Virulo no iba a ser y hacer menos que cualquiera que se sintiera aludido o necesitado. Y por eso, de pronto, un día va y habla. Y será y lo hará por y con la misma razón que muchos otros que han dicho o pudieran haberlo hecho: por conveniencia y oportunismo, en su caso aderezados con despecho y adornado con una colorida, chillona, arcaica y absoluta falta de ética (esta última parte no la diría Cantinflas)

Quiero decir que, aunque sabemos “cómo”, no es posible saber “por qué” Virulo ha dicho lo que no ha dicho, exponiendo lo que se ha callado y ninguneando a silencio pelao’ a quien, con solo colocar su talento en un escenario, convierte al mismísimo ninguneador en ninguno. Por muy poco virulento que ande, se ve un virutardío Virulo situándose al centro, no del humor sino de la historia del humor, esperando sin rubor, le da igual el primer like que la primera piedra. Y bueno, el humor es un camino lleno de piedras.

Ya después, o sea, ahora podemos todos los demás y cada guerrero del arte del humor en Cuba y fuera de ella desempolvar las banderas que guardábamos en el trastero, amarillentas hoy de tiempo y trasnochadas en su condición de portadoras de ¡cuánta! verdad personal, como ya vemos hemos podido y estamos pudiendo, y desplegarlas, humoradas o malhumoradas, para que quede constancia de que jamás faltó, faltará y faltaría más el humor propio que nos corresponde.

Ese humor, el cubano, que puede considerarse inigualable (Inigualabilito… que los cubanos sabemos cómo aguar el ego con dos dedos de diminutivos para que cuele y resulte gracioso) teniendo en cuenta que su abanico, al abrirse, abarca desde el vernáculo de gallegos embaucados por mulatas y negritos pintados hasta mafiosos aseverando que hay muchos aviones en el cielo y el firmamento colapsaría si a los cubanos nos diera por viajar fuera de la ísla (o nos lo permitieran, para ser más preciso)

Humor, el cubano, que toca ese cielo abarrotado de aliens y turistas lo mismo con la gracia sublime de Tres Patines que con la sublime desgracia de un comandante militar explicando cómo cierto avestruz africano va a acabar con el hambre en la isla.

Que sí, ¡que lo tocan a un mismo tiempo y con la misma intensidad!

Lo insultante en Virulo es que omite al sublime Tres Patines y a un divino Doimehumor mientras nombra "caballero" al comandante y jefe en dueño del comandante avestrurero en cuestión. Sin entrar en detalles a propósito de esa rara confusión que le lleva a mezclar humor con odio ideológico, humor odiológico, que es lo que transparenta su más reciente videotemita contra el expresidente de Estados Unidos, donde se videove el odio pero no el humor. Así como un muy suyo muy virufalso asombro a propósito de la ausencia de dispocisión en los humoristas cubanos a sucumbir a tan bien servido presidenticidio.

Sí, es pa' descuajeringarse de la risa. Solo que lo que andábamos era tan callados…



(III) Ataquito trancoteórico

El humor está en quien lo disfruta, más que en quien lo emite o deviene en causa de ese efecto que es la risa abierta o el deleite leve o intenso.

Por eso la mayor parte de los buenos humoristas que conozco primero se ríen y después averiguan de qué se están riendo. Más tarde es que elaboran y hacen el chiste. Y la fiesta verdadera es compartir con ellos.

El escenario, el libro o la imagen es un resultado de lo que son, no la causa de que lo sean.

Los humoristas son la respuesta definitiva a la compleja pregunta: ¿quién nació primero: la inteligencia o el huevo? … siempre teniendo en cuenta que hay algunos que, como Virulo, se consideran la gallina.

Si nos deshicieramos de nuestras personales banderas y nos fuéramos todos al teatro, ¡todos juntos!, los que hacen humor y los que lo necesitamos y aplaudimos, sería como vacunarnos contra este virulus que nos ha contagiado su rabia, poniendo de manifiesto con ello, además, lo dañada que anda nuestra glándula del sentido del humor.

Ya lo digo: ¡pa' descuajeringarse de la risa!

Lo más notable del humor cubano y de todo el arte creado dentro y fuera de la isla, más que lo que se dice, es lo que se omite. Ese como esperar a que lo que haya que decir lo diga otro primero. Para, entonces, estar en contra. Esa cultura de la riposta, costracultura, que incluye la falsa humildad y el desprecio o la envidia, pero que podemos resumir en una estocada tipo:

“No es que yo tenga razón ¡es que Tú estás equivocado!” - (Sí, el tuteo es imprescindible)


(IV) Humor propio

Por último, tras la teórica, una muestra:

¿Saben qué es humor cubano? (Atiendan los virulos) HUMOR, no solo con mayúscula de Humor sino GRITAO', que es lo que significa todo en mayúscula en la red. Humor postdigital, imposible en nuestros 80's por cierto y conseguido, este sí, con IntelyGenius, casi literalmente procesador y tarjeta de autor (o con Mac, como es el caso… no hay Mac que por bien no venga)

No un humor de solo “látigo con croquetas en la punta”, de ese en que el contenido lo pone la víctima, sin cuya desgracia no hay gracia.

Ahí se los dejo. Cubanísimo. De Matanzas, como el Danzón y el Mambo de Pérez Prado. Como ellos universal, atemporal, probablemente eterno.

Y por supuesto y tan importante: del que nadie habla o nadie dice, que decía yo al principio. Del que no compila entre virulos y humorcompiladores. Porque nuestras banderas llevan, en lugar de un escudo común, una foto personal de cada quien sin cada cual o cada otro.

Esto que comparto es, no obstante y también y sobre todo, humor nacido en 1492 en la Isla de Juana y que continúa cociéndose aquí, en Miami, la "capital de la cheá cubana" y "cementerio de los artistas"… enterrados vivos.

Les dejo a Pedro Alfonso. Un humorista de lujo, músico soberbio, incansable obrero del arte exquisito y, ¡oh, milagro, sin bandera alguna!

En silencio y en privado (porque no le queda otro remedio: ser artista es condición) Pedro Alfonso hace ese humor que disfruta y entiende igual un niño que un sofisticado académico sueco (imagino que este último sea lo más denso y pesado en homo sapiens que existe) como más o menos ocurre con Cantinflas y con Chaplin.

Todo cultivado, cocido, servido por Pedro. Ideado, producido, grabado, actuado, guionado, red-erizado. Mucho muchísimo trabajo. Mucho muchísimo ingenio.

Aunque, en mi personal apreciación, el paroxismo y disfrute pleno lo alcanzan los músicos cuando deconstruyen lo que hace Pedro, eso que se escucha, se ve, golpea, desconcierta y lleva a la reverencia.

Lo sabe la suertuda élite que conoce a profundidad el arte de la música: los arreglos musicales que se escuchan en estos performances de Pedro Alfonso, las impecables y grandiosas partituras de este adelantado del humor son igual de extraordinarios tanto en lo musical como en lo "cómico". Cada nota que suena y/o sugiere cada uno de esos violines, viola, cuasichelos, floristería folclórica o voces está a un tiempo perfecta y meticulosamente diseñada como música y como humor. Se puede escuchar en serio. Y en broma. Y en ambos casos es de lujo, de escuela.

No es algo nuevo en Cuba. Toda la música cubana está impregnada de humor, desde la más seria hasta la bailable. Integrado e insinuado nuestro carácter también en el arte. Solo que Pedro Alfonso, como músico extraclase que es, reina en territorios que abarcan desde la que llaman "música culta" hasta la popular, por lo que posee un arsenal de herramientas musicales, prácticas y teóricas particularmente copioso.

Y lo usa. O sea, lo hace. No se les ocurra pensar jamás que eso y todo junto lo puede crear y realizar cualquiera.

"El mundo se divide en dos tipos de personas: los que son capaces de hacer cualquier cosa y ¡los que las hacen!", dice uno de mis hermanos.

Tengo claro que no puedo ser la persona adecuada para teorizar profundamente sobre algo que me ahoga como consumidor de música, de humor y de debates inútiles.

Pero hago, mejor dicho, digo, como acota otro de mis hermanos (quien tiene hermanos tiene siempre mucho más que decir) tras cada frase que pronuncia o casi:

¡Hazme caso!


Pedro Alfonso and Family
  
  
  


Rubén Aguiar Muñoz (22 de Mayo de 2021)

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