miércoles, 5 de mayo de 2021

El enemigo

 

Entré a Facebook sin mascarilla. ¡¿Qué esperaba?! No acabo de aprender mi tan cara más reciente divisa:
¡Ten cuidado, Rubén, dónde te metes!
Para una de las pocas veces que entro a Facebook resulta que tropiezo con un mensaje de mi amigo
Pepe Pelayo
contándome que lleva "castigado" sin poder publicar en esta plastaforma… "casi dos meses y no sé ni por qué ni hasta cuando"… "estoy decidiendo no entrar más aquí"…
Así de simple e irremediable es.
Pero me rechufló el estómago, por Pepe y por lo repetido que se va haciendo este tipo de mensaje.
Acabo de tomarme un sobrecito de Picot… sal de uvas… bicarbonato de sodio antiácido…
Poco a poco, mientras el remedio labora para regresarme a mi confortable mundo de trabajoyalcarajotodolodemás, paseo por el muro de Pelayo como si no supiera que buscar algo "censurable" me convierte en censor. Ejecutor y ejecutado, como tan bien hemos aprendido.
Es importante siempre tener luz avisora para saber de dónde puede venir el enemigo. Asumiendo que, de manera prioritaria, suele venir de bien adentro de uno mismo, de esa ingrávida región del alma donde los valores flotan en el puro pellejo, alimentándose de palabras ajenas e ideas preconcebidas igual de ajenas. Ese adolescente habitad fértil entre lo romántico y lo tonto, que, si no abonamos con espíritu crítico de cosecha propia, suele arrojarnos a la adultez convertidos en enanos sentimentales y despistados. Y en muchos casos en venenosos canales para regar huertas ajenas.
O sea…
Viene de la izquierda. De la izquierda de adentro y de la de afuera, de la de alante y la de atrás, la de arriba, la de abajo, la del centro, la de la derecha mucho y, por supuesto y sobre todo, la de la izquierda del marxismo, el comunismo, de los llamados progresistas, los inclusivistas, cochinos que aquí en USA dieron un golpe de estado ante el silencio, la conformidad y en muchos casos la alegría de los dóciles, los emocionales y los malvados, en la mayoría de esos casos valgando en su redundancia.
Cuando tenemos delante una dictadura de corte estalinista o hitleriana, comunista o fascista (redundo en la redundancia), castrista o chinortcoreana, es fácil bajar la cabeza o hacer huelgas de hambre o ser anti o activista o rebelde o ¡buenón! o cobarde o medido o asumido. No hay muchos matices entre la causa y el efecto cuando solo hay negro y blanco en la ceremonia. Tenemos claramente apuntando a nuestra cabeza una pistola que nos amenaza y que en cualquier momento dispara y eso nos concede autoridad moral o psiquiátrica para inmolarnos o hacernos el pendejo (vuelve a volver la redundancia). Y también para largarnos.
Pero cuando la cosa va de sutilezas de tipo socialdemócratas, multiculturosas, tolerantiñas e infinitas hipocriterías más, entonces se comprende que la verdadera maldad es gris, tramposa, asquerosamente guarra. Gris menor, gris de a poquitos, gris que confunde quizás: grismaldad.
Todo lo que tiene algo de maldad, por muy poco que sea ese algo, es malvado. Y sus gestores, por activos y por pasivos, resultan absolutamente prescindibles.
Si me ofreces un espacio para expresarme, ten la coherencia de respetar mi expresión. Y la prestancia, la valentía y el coraje que ofrecer oportunidad a quien no piensa como tú trae aparejado.
Pero ese perfil supera a los dueños norteamericanos y occidentales en general de esos monopolios de la convivencia y las relaciones sociales que son Facebook, Google, Youtube, Twitter, medios de prensa, radio, televisión. Sin desechar ese otro monopolio de la verdad y el cariño que ejercen ciertos prójimos, amistades, vecinos, camaradas izquierdosos, tolerantosos, integradorosos, multiculturosos, minoritariosos y una manada casi infinita de osos para quienes es más importante la tribu que el tribudadano.
Mención aparte merece la secta de los intelectualosos (esa banda alternativa al homoconstructor) cuyo 90% está constituido por vanidosos incapaces de hallar uso apropiado a sus inteligencia y talentos.
Y si me ofreces espacio y encima obtienes dinero con ello ten al menos la decencia y la clase pertinente para tolerarme. Tu postmoderna cultura de Wikipedia, esa anémica WikiCultura de la que ni el dinero salva, te pasará factura desde las preguntas de tus nietos y muchos suyos contemporáneos.
Zarrapastroso…
De vuelta al inicio… a ver si consigo calmarme…
Es importante siempre poner luz para, al menos, intentar saber dónde está y quién es el enemigo.
Porque si no prendemos esa luz hay un desorbitado número de probabilidades de terminar siendo desde un colaboracionista hasta un provocador o abanderado líder de la censura, la maldad, el odio y la perversidad que, tengamos el coraje o no de reconocer, significa hacer daño a quien no piensa como uno y ejerce la ingenuidad de expresarlo.
Daño que, como vemos cada día desde el inicio de los tiempos y seguiremos viendo, un día se vuelve contra uno mismo y terminamos en el corral, tras la reja moral de la cada vez más exigente horda de bárbaros que, mediocres y autoinsuficientes parásitos, necesitan de la vida ajena para encontrar sentido a la vida propia.
Porque que le impidan decir lo que le dé la gana es uno de los peores daños que puede recibir este animalito autodenominado homosapiens que, a estas alturas, resuelto casi todo lo que le mantiene vivo, debiera poseer la libertad plena posible que significa hablar, decir, contar, soñar desde la palabra, la buena y la mala palabra. Errado o acertado, disparatado o genial pero ¡libre!
Decir lo que me da la gana no es un derecho mío. Los derechos tienen que ser otorgados. Y no existe alguien o algo con autoridad suficiente para decidir lo que yo puedodebo decir o no:
Decir lo que me da la gana es mi salud, es el fundamento de mi salud, mental, espiritual y física.
Y justo este apretón en el estómago ahora mismo no es mental ni espiritual: es físico.
Y proviene de esta sensación de tener que tener cuidado con lo que estoy escribiendo.
¡Le ronca aquello que el apretón de estómago me impide escribir!
Por cierto, el "Picot" es como el Romerillo: ¡tremenda mierda!

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