miércoles, 11 de agosto de 2021

 

La e p i d e m i a  de suicidios politiquísticos que azota a Estados Unidos desde hace años parece estar fuera de control. Acaba de aparecer suicidado un tercer policía de los que estaban en el capitolio en enero durante la bastillera toma por tropas populacheras que querían violar a no sé qué representante que no estaba allí en aquel momento aunque se sintió muy amenazada y lo ha denuinsinuado hace unos díitas en una entrevista.

El exánime cadáver apareció muerto pero sin vida víctima de esa autoinfringida dolencia.

Los que hemos vivido en el comunismo sabemos que para este tipo de padecimiento politiquistoso, focalizado fundamentalmente en la lengua de quienes lo padecen (aunque también en la actitud, cierta predisposición a cantar boleros prohibidos), no existe una cura 100% efectiva.

Algunos remedios caseros como enjuagues de amenazas, gárgaras de cocimiento tibio o hirviendo de chantajes y el tan recurrido champú de advertencias no consiguen detener completamente la etapa terminal del mal.

Sea un hilo dental enrollado al pescuezo, una hartura de agua tras resbalón en un arroyuelo, un occidente u orientado de tráfico o un simple caldero de aluminio encajado en la espalda, las muertes tienen en común la abrupta aparición del finado en circunstancias insólitas y/o difíciles de explicar por la prensa, los fiscales, el gobierno y los teóricos del bienfinaljustificalosmediosyloscompletos… ¡pasto para conspiranoicos!

Otra característica misteriosa de este azote es la coincidente predisposición a no andar preguntándose mucho que provoca en la ciudadanía. Quizás porque los seguros médicos no cubren tratamientos preventivos, a pesar de que el gobiernocare sí corre con los gastos de las cremaciones.

Yo mismo, respecto a esto que estoy diciendo, estoy francamente dispuesto a desmentirme sin mucho debate.





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