lunes, 31 de mayo de 2010

El Telón Infinito

Esta mañana, al llevar a mi mujer hasta la estación en donde cada día toma el metropolitano para ir al trabajo, la he visto abordar el tren algo contrariada, pues se ha dejado en casa el libro que comenzó a leer justo en el viaje anterior. Es mi libro de cabecera de mi hermano.
Explico: mi hermano Danny celebró mi cumpleaños 44 obsequiándome ese libro y apremiándome en los días siguientes a que lo terminara “¡Ya!”... para leerlo él. Debí comprarle otro en aquel momento, pero no.
Desde esa misma noche de junio de 2005 comencé a hacer con el libro lo que durante más de 20 años y hasta unos meses antes había hecho cada noche, ya en la cama, con mi último cigarrillo del día: engullirlo, integrarlo horizontal en mi cuerpo y procurar que me calara célula a célula como si me hubiera estado preparando la vida entera para entrar en La Vida y hubiera llegado el momento de hacerlo.
El libro es El Telón, de Milán Kundera.
En algún momento posterior a aquel verano mi hermano entró un día a mi cuarto, tomó el libro y me dijo: “Te lo devuelvo en cuanto lo lea”...
El jueves pasado, de visita en su casa, le increpé: “¡Dame El Telón, ya es hora de que Judith lo lea; no me voy sin él!”...
Lo seguí hasta su cuarto. Su cama. Tomó el libro de la mesita de noche, al lado de su almohada, donde ha estado ejercitando su rol de último cigarrillo del día para mi hermano durante estos cuatro años. Me lo entregó. No les cuento su cara.
Es mi libro de cabecera de mi hermano.
Tal vez convendría tener uno cada uno. Pero, no sé por qué, sospecho no sería lo mismo.

El Telón debiera ser el libro de cabecera de todo el que escribe. Y de todo el que lee.
Los buenos libros no te dejan leerlos. Tienen vida propia. Y, vivos al fin, parecen estar a cada momento renovándose, enriqueciéndose, de modo tal que cada párrafo que lees te provoca cantidad tal de reflexiones, de alegrías, de exquisito disfrute que no logras avanzar, pues, cada página te premia con todo un libro que fabricas en tu mente, íntimo libro definitivo jamás escrito por nadie ni leído jamás, salvo por ti mismo.
El Telón es, en menos de 200 páginas, ese libro definitivo que me esperaba desde tiempos inmemoriales.
Aunque el objetivo central de Kundera sea subrayar que, más allá de la historia, la ciencia, la filosofía o la fe, la novela es un auténtico e independiente modo de conocer al hombre e interpretar su alma, El Telón es enciclopedia y compilación de todas las sugerencias posibles a propósito de la literatura, la música, el Arte todo, del hombre individuo y el hombre social, la libertad, la vida, la muerte, el olvido, la risa...

Lo he abierto. Y no he podido completar la tercera página. Ya estoy ciego de certidumbres y deslumbrado por la duda.
Y me resisto a negarme compartir aquí esas primeras páginas y una breve reflexión.

Conciencia de la continuidad
Contaban una anécdota de mi padre, que era músico. Se encuentra entre amigos en algún lugar donde, desde una radio o un fonógrafo, suenan los acordes de una sinfonía. Los amigos, todos músicos o melómanos, reconocen enseguida la Novena de Beethoven. Preguntan a mi padre:
-¿Qué es esa música?
Tras una larga reflexión, éste dice:
-Parece Beethoven.
Todos contienen la risa: ¡mi padre no ha reconocido la Novena sinfonía!
-¿Estás seguro?
-Sí -dice mi padre-, un Beethoven tardío.
-¿Cómo puedes saber que es tardío?
Mi padre les llama entonces la atención sobre cierta ligadura armónica que Beethoven jamás habría utilizado en su juventud.
Sin duda, la anécdota es sólo una maliciosa invención, pero ilustra bien lo que es la conciencia de la continuidad histórica, uno de los signos por los que se distingue al hombre que pertenece a la civilización que es (o era) la nuestra. Para nosotros, todo adquiría el cariz de una historia, nos parecía una sucesión más o menos lógica de acontecimientos, actitudes, obras. En tiempos de mi primera juventud conocía, de un modo natural, sin esforzarme, la cronología exacta de las obras de mis autores predilectos. Imposible pensar que Apollinaire hubiera escrito Alcoholes después de Caligramas, ya que, en ese caso, habría sido otro poeta, ¡su obra tendría otro sentido! Me gusta cada uno de los cuadros de Picasso por sí mismo, pero también toda la obra de Picasso concebida como un largo camino del que conozco a la perfección cada uno de los períodos. Las célebres preguntas metafísicas, ¿de dónde venirnos? y ¿adónde vamos?, tienen en el arte un sentido concreto y claro, y no carecen de respuestas.

Historia y valor
Imaginemos a un compositor contemporáneo que hubiera escrito una sonata que, por su forma, sus armonías, sus melodías, se pareciera a las de Beethoven. Imaginemos incluso que esta sonata haya sido tan magistralmente compuesta que, si hubiera sido realmente de Beethoven, habría figurado entre sus obras maestras. Sin embargo, por magnífica que fuera, al firmarla un compositor contemporáneo, daría risa.
Como mucho, se le felicitaría por ser un virtuoso del pastiche.
¡Cómo! ¿Sentimos un placer estético al escuchar una sonata de Beethoven y no lo sentimos con otra del mismo estilo y con el mismo encanto si la firma un contemporáneo nuestro? ¿Acaso no es el colmo de la hipocresía? La sensación de belleza es, pues, cerebral, está condicionada por el conocimiento de una fecha?, ¿no es espontánea, dictada por nuestra sensibilidad?
¡Qué remedio! La conciencia histórica es hasta tal punto inherente a nuestra percepción del arte que sentiríamos espontáneamente (o sea, sin hipocresía alguna) este anacronismo (una obra de Beethoven fechada hoy) como ridículo, falso, incongruente, incluso monstruoso. Nuestra conciencia de la continuidad es tan fuerte que interviene en la percepción de toda obra de arte.


La reflexión de Kundera es una verdad como un templo. Aún así, o precisamente por ello, me ha dejado el mal sabor de tener que asumir cuánta ignorancia nos trae el Saber, no sólo en el sentido de que cada conocimiento nuevo aumenta el umbral de lo desconocido sino de cuánto nos aleja el Conocimiento de algún otro tipo de percepción, de experiencia, de acercamiento o quién sabe si descubrimiento de quién sabe qué Verdad... de cuán marcados estamos por la erudición que resulta del "pensamiento lineal", consecuencia seguramente de una percepción determinada por nuestra finita condición. Ello se refleja en lo que Kundera llama “conciencia de la continuidad”, que nos impide disfrutar (aventuro yo) de cualquier hecho artístico que se salga de su propia circunstancia, su propia lógica histórica, su momento, como en el ejemplo del joven “imitador” de Beethoven.
Me pregunto si no seremos acaso víctimas inconscientes del rigor del dato ¿científico, teórico, real? que proviene de una percepción no "lateral" o abierta o múltiple de lo que observamos. Me temo que lo somos.
Veamos. ... ...
Para un conocedor de la obra de Beethoven, esa sonata del joven compositor que supone Kundera, es ciertamente algo anacrónico y falso. Pero, ¿qué sucedería con un profano y humilde desconocedor de estos asuntos (tengamos en cuenta que eso es la mayoría de los más de siete mil millones de habitantes del planeta), alguien que, aunque ha escuchado a Beethoven y disfruta profundamente de su música, no sabe cuántas ni cuales sonatas compuso el genial músico?
Sospecho que, al no saber distinguir entre la sonata falsa y otra verdadera, al no saber siquiera que existe alguna sonata falsa, y tomando como premisa lo que sugiere el mismo Kundera en su ejemplo de que está “tan magistralmente compuesta que, si hubiera sido realmente de Beethoven, habría figurado entre sus obras maestras”, para este feliz ignorante el placer al escuchar esa pieza musical sería igual al de escuchar cualquier otra de las que sí escribió el maestro.

El individuo, desprovisto de esa “conciencia de la continuidad”, ignorante del ropaje histórico y circunstancial que condiciona una obra musical, estaría, cuando menos, en mejores condiciones para disfrutar de la belleza y consecuencias de esa obra.

El valor estético de una obra musical (este ejemplo que expone Kundera es sobre el arte de la música), en mi opinión, trasciende el valor estético objetivo, de contexto, histórico y de evolución de la historia del arte. Es un valor en sí mismo. Pero quizás sólo conseguiríamos demostrárnoslo si nos hundiéramos en el olvido o simplemente pudiéramos desconectar esas regiones del cerebro donde alojamos el conocimiento y la experiencia. Tal vez entonces, desde una definitiva (aunque fuera temporal) ausencia de todo tipo de referentes culturales e históricos previos, extirpadas la ilustración y la gnosis , nos llegaría la certeza de ese valor estético absoluto.

Otra cosa es que decidamos, aplicando legítimas valoraciones éticas y hasta morales, que cada hecho artístico ha de pertenecer exclusivamente a su tiempo, a su autor y circunstancia, y que una aproximación, asimilación de estilo o intento de imitación que no alcance la categoría de plagio deba ser marginada y considerada fraudulenta.
Y, por supuesto, opino que estas valoraciones no son aplicables a la novela, o la pintura, o el resto de las artes, exceptuando la poesía.

Breve historia de familia:
Mi cuñada y amiga Lisset conduce su auto. Su hijito Gabriel, de unos cuatro años, viaja en la parte posterior, acomodado en su pequeña silla. Desde que salieron, más de quince minutos atrás, suena música en los altavoces. Música que el niño interrumpe para preguntar a la madre con voz entrecortada:
- Mamá, ¿por qué si a mí esa música me gusta yo estoy llorando
?

Siento que todo esto es navegar en aguas altamente inestables, revueltas y peligrosas. El Conocimiento es vida, es luz, es crecer y es amor. Pero no tengo garantías de que conocer los más íntimos detalles de una propuesta artística no me limite, ni me inhiba de hundirme a plenitud, crecer y hasta perecer en su misterio.



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miércoles, 19 de mayo de 2010

El Perdedor

Esto es CNN+, España.



Entre la tristeza y el insulto que provoca este video han conseguido estos energúmenos sacar gotas de sudor a mi estómago.
Y no porque pretenda ahora yo exhibir alma sensible, caritativa y misericordiosa, dadivosa, compasiva y sentimental... Ni mucho menos. Rara vez consigue conmoverme, más allá de lo razonable, la actitud de la mayor parte de las personas que suelo encontrar en la calle pidiendo limosnas. Invariablemente me pregunto qué razones tan complejas hay detrás de aquel que lo hace honestamente convencido de que no tiene otro camino. Pero, no suele ser la limosna la manera que estimo apropiada para que una persona preste, solicite o reciba ayuda. Más bien suelo molestarme (había escrito “indignarme”... mejor lo borro) cuando algún ser humano desafía el siempre nebuloso sistema de valores de sus semejantes a través de esa especie de chantaje moral, emocional, estético, psicológico... ("agresivo", había escrito... borrado), que es acudir-ampararse a-en la lástima para conseguir dinero (ya puesto, me niego a escribir “ayuda”) (¿Será la mía una reacción inconsciente ante la idea que no puedo ya alejar de que tantos coterráneos en la isla han terminado siendo, por culpa del comunismo, una multitudinaria enorme indecente involuntaria desubicada turba pandillera aglutinación de limosneros?)
Podemos discutirlo; pero, no es esa la reflexión que me interesa hacer en este momento.

Las conclusiones acerca de la gracieta que hace ese corresponsal a costa del mendigo alemán las dejo a discreción de cada uno. Lo que me interesa referir viene determinado por la polémica desatada en la red a partir de esta transmisión de CCN+. La reiterada alusión al canal emisor es un propósito y viene motivada por lo significativo que resulta que esto ocurra en un medio de comunicación desde donde a diario se pretenden impartir lecciones de moralidad a esa mitad del país que no comulga con las doctrinas, edictos y principios de sus afectados gurús.

Resulta que en redes sociales, foros, chats, blogs, etc, anda buena parte del personal enardecidamente sumido en la discusión acerca de la pertenencia del reportero a determinado signo ideológico. Que si es progre, que si es facha, que si a diestra o siniestra. Desconcertante que tantas y tan variadas opiniones coincidan en establecer que la actitud bochornosa del impresentable comunicador de televisión esté determinada por su pertenencia a uno u otro extremo del tablero político-ideológico en que se posiciona el individuo moderno y no a su propia dimensión ética, moral y humana. Desconcertante y prosaico. Realmente miserable. Defender la actitud de ese corresponsal esgrimiendo que “los fachas hacen cosas iguales o peores” es tan insultante y mediocre como reprobarla achacando esa actitud a su condición de “progre” o “sociata”.

A esto quería referirme. En este punto estamos. Izquierda o derecha. Nadie da más.
¿De verdad cree alguien que el verdadero indigente, el mendigo, el incapacitado social es ese hombre, alemán, que en el video es humillado mientras pide limosna? Yo no lo tengo nada claro. Ni en el caso que se expone en el video ni en el de las personas que sentencian desde sus limitados credos ideológicos.

Es este un mundo donde cada hombre es un manco mental, psicológico, un mutilado funcional y de credo. Se es de izquierdas o se es de derechas, pero se es un lisiado. Siempre una sola mano, siempre un sólo lado, uno de los dos bandos. Tullidos andamos, caminando con un sólo pié, llorando por un sólo ojo, ¿utilizando? las neuronas de un único lado del cerebro.
Y es que al 50% de homo sapiens que queda, que somos, ya no le interesa la verdad. Aunque la esté mirando, aunque salte a la vista como en ese video.

No importa que haya un hombre humillado por otro hombre, o grupo de hombres. Lo verdaderamente importante es conseguir colgarle al rival, al enemigo político-ideológico en este caso, la responsabilidad, la autoría intelectual del desmán y con ello propinarle una rotunda derrota.

Argumente usted lo que quiera; no hay modo: al hombre ya no le interesa la Verdad. Y puede que no le haya interesado nunca.
Sucede que desde siempre, desde todos los tiempos, lo único que le ha interesado realmente al hombre es el triunfo, la victoria, ganar. Ganar. Ese modo más coloquial de decirlo me gusta más, me parece más certero para describir lo que quiero decir: Ganar.

Mi hijo se divierte con la broma perenne de cualificar-definir-ungir casi todo lo que destaca a su alrededor aplicando ese término y su significante. La primera vez que se lo escuché conversábamos en un tranquilo café de Loeches, este adormilado pueblo donde vivo ("Café con Loeches", decimos) y, de pronto, escuchamos a los lejos el ruidoso y veloz paso de una de esas inconfundibles harley davidson que no dejan indiferente a nadie: "¡Ganó!", dijo en voz baja mi hijo, sin dirigirse a mí ni a nadie en particular, y continuó conversando tranquilamente. Pero ya yo no pude continuar el hilo de su discurso y estuve riendo un buen rato. Se me antojó que era una acertadísima manera de describir y coronar lo ocurrido. Me percaté entonces de su costumbre: si adelanto a otro auto al salir en un semáforo: "Ganaste", me señala; ve al hombre del tiempo en la tele recomendando alistar los abrigos ante la probabilidad de un frente frío: “Va a ganar”, augura; se acerca una joven rubia (con o sin atributos, le da igual): "Ganó", se dice mientras trata tímidamente de ganar su atención. Aunque no sólo "canta" las victorias... si la chica lo ignora me comenta, frustrado: "Perdí, papá".

La lucha por sobrevivir desde el hombre primitivo, la humana supervivencia toda es una larga cadena de constantes victorias. Ha habido que ganarle al mamut, al frío, al rayo, al otro hombre.

La Victoria... V... ¡ahí está! Ganar es condición del ser humano. No hay argumento, evidencia, ni mandato que esté por encima de la necesidad de Ganar. Es la absoluta prioridad. Aún a expensas de la Verdad. Ganar está, muchas veces, por encima incluso de la vida misma. Morir por un ideal sólo es posible porque esa entrega irreversible lleva en sí un innegable matiz de victoria. “Dar” en pos de “algo” lo más grande que se posee, que es la vida misma, es un modo de Ganar.

Y es que, en los códigos humanos, el que gana, termina teniendo la razón. Aunque no la tenga. Nunca a la inversa: tener la razón no hace a nadie vencedor. El hombre necesita Ganar. Es Ganar lo que le da la razón. Aunque la tenga.

Bajando a la tierra, a la calle, a la tele y al trabajo, Ganar se convierte en el único objetivo diario de cada ser humano desde que despierta hasta que se duerme. Con el tiempo, el hombre moderno ha ido adaptando a las nuevas circunstancias los horizontes, los matices, los elementales o complejos motivos y espacios donde conseguir la necesaria victoria nuestra de todos los días. Desde el éxito en la escuela y el trabajo, la exhibición de algún talento o fortuna; desde conseguir la mirada o la sonrisa de el o la más agraciada del solar hasta la euforia del éxito deportivo del nuestro equipo inderrotable, o el inigualable sabor del pan que se hace en mi pueblo, el mejor del mundo, el hombre busca llenar de victorias constantes cada día cada tramo de día, en un mundo donde la victoria total aparece cada vez definitivamente aplazada.
Y, de entre todas, ninguna como la victoria de nuestros credos, de nuestra fe, de nuestra irrefutable percepción de lo cognoscible y lo no tanto; o de sus contrarios. Es ahí donde menos dispuestos estamos a ceder. De modo tal que, cuando la realidad se empecina en empañar con evidencias nuestras más caras creencias, nada consigue curar el malestar que nos produce la imposibilidad de Ganar.

El Hombre no está preparado para perder. El perdedor es un ser enfermo, un lastre. Y se vuelve peligroso, pues entonces trata de encontrar un modo alternativo de Ganar que, por lo general, no contempla la ética, la transparencia, el juego limpio. El perdedor, en tanto que hombre condicionado para Ganar, suele buscar la victoria a toda costa, desde el mal si es preciso. Para un perdedor la victoria posible será doblemente satisfactoria si con ella consigue humillar al vencido.

Y vivimos en un mundo de perdedores. Peor aún: vivimos en un mundo donde han ganado los perdedores. Un mundo donde la incompetencia, la mediocridad y la hipocresía se parapetan tras un disfraz demagógico, coloreado a medida con reciclados principios morales, de esos de aleación, que se doblan, que cambian de forma y se adaptan a lo inmediato conveniente sin dificultad.

Entonces, ahí lo vemos. Todos piensan que es ese mendigo del video el perdedor. Pero no está claro eso para mí. Viéndolo, me pregunto, como hago invariablemente, ¿qué razones tan complejas puede haber en ese hombre que pide limosna para que crea que no tiene otro camino? No estaré jamás seguro de que ese mendigo sea realmente un perdedor.
Pero, lo que si es evidente en el video, es la cualidad de miserable fracasado con micrófono, sueldo, pasaporte y probable título universitario de ese corresponsal, verdadero indigente moral e intelectual con poder, peligroso perdedor dispuesto a la más miserable estratagema para apuntarse una victoria, para Ganar.
Como evidentes perdedores son los tantos y tantos mutilados que en la red, observando y juzgando desde fuera, sin importarles un comino lo que realmente sucede, toman el video de bandera únicamente para vestir de victoria la pata de la que cojean.

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jueves, 13 de mayo de 2010

Humor en Cuba, por PP Pelayo

El amigo PP Pelayo, en su blog, publica una breve semblanza de los primeros años de “La Seña del Humor de Matanzas”, para poner algo de luz en esa parte de la cronología de lo que constituyó una nueva manera de hacer humor escénico en Cuba y que, por reciente (¡cuánto daño sigue haciendo Gardel!), aun conserva los empecinados lados oscuros de las cosas que se resisten a morir (que es lo que sucede cuando algo pasa a formar parte de la historia).
Lo está presentando por entregas (ya va por la segunda) y, tanto en sus entradas como en los comentarios que suscita, se va delineando el perfil de ese momento en que la escena humorística cubana sufrió una transformación.

Argumenta PP Pelayo el por qué de sus artículos:

Me di cuenta que existían pequeñas lagunas en la Historia de esos años y que algunos escribían esa Historia a su conveniencia, tergiversando la realidad a su antojo, sin contar otros chanchullos, típicos del ser humano, que han deformado muchas cosas.
Entonces el motivo de estas líneas es, obviamente, aclarar ciertos puntos en la Historia del humor escénico cubano entre los años 1984 y 1991. Años que viví con mucha intensidad como humorista en La Isla. Insisto: sólo me referiré a esos años y a esa manifestación artística, porque fui testigo presencial. Lo que sucedió después de septiembre de 1991 sólo lo sé por lo que me han contado, porque desde esa fecha he vivido en Santiago de Chile y no tengo derecho a “meter la cuchareta” en esa otra Historia
.”


La tempestuosa juventud que padecía yo en aquellos años me impedía observar, con la perspectiva apropiada, lo que a mi alrededor se iba cocinando. Vivía, sin mirar hacia atrás, pero tampoco hacia delante. Y consumía todo lo que aquel bosque de creatividad y amor que era La Seña del Humor, generaba. Por eso mis recuerdos de aquellos años son un caos total. No es que no existan, es que no consigo hacer coherente cada recuadro, cada viñeta que se me antoja lo vivido. Como un sueño, intenso y eterno, pero un sueño de otro al que me han permitido entrar para que conozca la felicidad.

Les dejo un par de fotos.
En la primera, encima, el Dúo “Violín y Silvestre”, mi guitarra y yo junto al genial músico y violinista Pedro Alfonso, en el Teatro Nacional de La Habana, durante el número de La Seña "El Hombre y su Instrumento".
La segunda es una reseña en la prensa de nuestra participación en un festival del humor, pero, considero ese recorte una “joyita” porque en él se puede leer el titular de la noticia que publicaban debajo de la que hace referencia a nosotros. No se lo pierdan.
Hagan clic en las imágenes para verlas ampliadas.

Les invito a que visiten la web de PP Pelayo y lean los artículos y comentarios. Y si alguien tiene alguno o un recuerdo, una foto, una denuncia, un chisme que aportar, ruego no se lo calle, pues la memoria suele ser traicionera cuando uno es tan joven aún, como Pelayo y Aramís Quintero, los principales instigadores de las revueltas generadas en las maneras de hacer humor escénico en Cuba gracias a ese hijo que engendraron junto al entrañable Moisés Rodríguez y que se llamó La Seña del Humor de Matanzas.

(I Parte) Algunas puntualizaciones sobre la historia del humor en cuba, durante los años 80.

(II Parte) Algunas puntualizaciones sobre la historia del humor en cuba, durante los años 80.

jueves, 6 de mayo de 2010

EL POEMA

Luego de tanto tiempo alejado del blog quiero retomar esta relación con un poema, el único poema "de otro" que me sé de memoria. Eso es todo un detalle, pues mi memoria es tan mala, falsa y traicionera como las mujeres en los boleros de victrolas.

Este es, para mí, EL POEMA. Desde él se resolvieron muchas de aquellas insolentes conjeturas estéticas y filosóficas que intentaban hurtarme las brujas asesoras del gran cacique y secuaces que reinaban y aún en la isla. Conjeturas cuya ausencia de solución, por otra parte, me auguraban un futuro de "hombre nuevo" en el que creí adentrarme durante algunos años y hacia el que orienté toda mi juvenil energía.
(No he conseguido dejar de imaginarlas, a las brujas, parapetadas tras la "joven poesía revolucionaria" con que a mansalva bombardeaban mi rusticidad cada instante cada día)

 


Es de Machado este poema total, poema thriller que, como las más espléndidas películas de mi memoria (sí, esa misma), lo tiene todo: vida, muerte, miedo, suspense... y sorprendente happy end.

Las dudas que pudieron quedar en mí, tras conocer estos versos, las solventó poco después un voluminoso poemario de Pessoa que me propinó un nocaut absoluto del que jamás he querido recuperarme.

Antonio Machado y Fernando Pessoa, no en ese orden, bastan para contar al Hombre.

 



Daba el reloj las doce... y eran doce
golpes de azada en tierra...

... ¡Mi hora! —grité— ... El silencio
me respondió: —No temas;
tú no verás caer la última gota
que en la clepsidra tiembla.

Dormirás muchas horas todavía
sobre la orilla vieja
y encontrarás una mañana pura
amarrada tu barca a otra ribera.