viernes, 8 de octubre de 2010

El Nobel que quiero para mí

Caminaba yo bajo mi abundante y despeinada melena (“agresiva”, como imponía mi configuración estética para aquella Cuba de los primeros 80s), junto a dos amigos que me superaban, cronológicamente, en más de una década, intelectualmente, en más de una vida. En acceso a la información, en menos de dos horas.

- Le dieron el Nobel a Lech Walesa – escuché que decía P a A...

A mi cabeza asomaron, confundiéndose en el orden, un par de preguntas: “¿Ese quién es?” “¿Qué habrá escrito ese tipo para que le den el Premio Nobel?”
No tenía idea de qué significaba aquel nombre ni de quién era su dueño, por tanto no se me ocurrió relacionarlo con el Nobel de la Paz. “Algún escritorzuelo desconocido más”, intuí penetrante.

- ¿Cómo lo supiste, por aquí o por allá? – preguntó A.
- Por allá... ¡¿por dónde va a ser?! – apuntó P, bajando la voz.

Aquí” se refería a la prensa o la radio cubana. “Allá”, la radio de Miami, de “afuera”.
Entonces intervine yo. Sacudiendo la melena y poniendo voz de enterado mientras dejaba entrever la combativa indignación que correspondía espeté:

- Compadre, dime una cosa, ¡¿qué ha escrito el Malesa ese pa’ ganar el Premio Nobel de Literatura?!

No recuerdo nada más de aquel momento. Juraría que mis amigos se miraron y cambiaron cortésmente de tema.

Mi confusión tenía un soporte lógico y comprensible: en los círculos en los que me movía en aquellos años se hablaba de arte y de literatura, de música y amor. Nos intercambiábamos versos, canciones, sueños y novias. La vida toda era, para mí, aquello que vivíamos. De política sabía, sobradamente, tan sólo aquello que me habían inyectado en vena durante toda mi vida desde la primaria, en la prensa única oficial revolucionaria, en círculos de estudio políticos, en discursos, desfiles, domingos rojos, escuelas al campo y, de modo más sutil, bebiendo pergas y pergas repletas de nuevatrova, series telesocialistas, cine tercermundista presentado como arte verdadero y alternativo al “decadente imperio hollywoodense”, filosofía marxista-leninista, principios revolucionarios, ética socialista...
Nausea real evocar tanta tontería y maldad juntas.
En aquellos tiempos no tenía idea, entre otras tantas cosas, de la existencia de montones de escritores que yo jamás había leído y de otros más aún que ni sospechaba que existían. La asignación del Nobel de Literatura (eso creía yo) a un escritor desconocido (si lo era para mí lo era para todos), no podía ser más que otra de esas tretas y montajes del imperialismo siempre dispuesto a fabricar falsos literatos como recurso desesperado para enfrentar la incuestionable superioridad de los intelectuales socialistas.
Cuánta soberbia produce el comunismo en sus ignorantes feligreses, yo el que más en esos años (definitivamente, a esas alturas, ignorante más que devoto)
Aún así, pocas horas duró mi ignorancia, gracias también a la radio de “allá”. ¡Nobel de la Paz! La melena se me compuso de la vergüenza pensando en la conversación con mis amigos; tanta que aún hoy me sonrojo al recordar aquello. Bueno, francamente no tanto, puesto que lo confieso y me produce aparatosa gracia mi extrema ingenuidad.
Una vez puesto al día sobre quién era realmente Malesa y la verdadera dimensión del premio por él recibido, recuerdo que me emocioné profundamente.
En aquel momento el Nobel a Lech Walesa tuvo consecuencias fundamentales en mi vida: descubrí que había un movimiento en Polonia que renegaba del comunismo, un movimiento de obreros, simples trabajadores que se rebelaban dentro del sistema. Y ha sido esa la única vez que he considerado el Nobel, en lo personal, un premio realmente útil: me enteré que el comunismo era vulnerable (se enteró un montón de gente a mi alrededor y sospecho que en medio mundo); me enteré que el futuro luminoso que nos esperaba (del que la Europa Socialista era una especie de versión beta previa a la inminente y definitiva consumación Pro del paraíso comunista), tenía zonas muy oscuras también allí donde hasta ese momento todo se me antojaba perfecto, sólido y seguro.
Aún no entendía muchas cosas, pero el horizonte se llenó de colores, de matices inesperados. En esa época comencé a componer.

Hoy me ha sorprendido gratamente la noticia de que le ha sido otorgado a Mario Vargas-Llosa el Premio Nobel de Literatura 2010.
Es la primera vez, desde que Lech Walesa recibiera el Nobel de la Paz, que este premio me emociona. Antes del ochenta y tres era yo muy joven y muy creído para “aceptar los pareceres de generaciones pasadas” (ignorancia aparte). Después, nunca la ceremonia de los Nobel me ha parecido precisamente inocente o menos tendenciosa que lo recomendable como para enternecerme de modo favorable con sus dictámenes. Más bien todo lo contrario.
Hasta hoy, que he sentido sincera emoción y alegría. Si algo caracteriza la asignación del Nobel de Literatura es que, siendo el premio supuestamente más prestigioso y cumbre en la carrera de un escritor, esté tan permeado de imperdonables olvidos que ofende. Aún así no puede uno dejar de ser víctima de sus propias e íntimas vanidades, aunque estas estén conformadas por circunstancias que no controla: como tantas veces hemos comentado mi buen amigo poeta Alfredo Zaldivar y yo “el premio Nobel que siempre he querido para mí es que se lo den a Mario Vargas Llosa y a Milán Kundera”. Ya tenemos la mitad del premio.
Me alegro profundamente por el autor de La fiesta del chivo y Elogio de la madrastra; pienso que merece este premio y que existen sobradas razones para que se le haya otorgado.
Menos claro tengo cuáles han podido ser las razones de la Academia Sueca: ¿Por qué le conceden el Nobel ahora a Mario Vargas Llosa cuando ya parecía un hecho que nunca lo recibiría? Imposible saberlo a ciencia cierta. Hace muchos años que el gran escritor peruano es uno de los más importantes intelectuales del planeta, con una obra mucho más sólida que la mayoría de los que han recibido este premio en los últimos 30 o 40 años, por no decir “todos”. Pero, también es sabido que sus preferencias y posiciones ideológicas no comulgan con los postulados de los miembros de la Academia Sueca. ¿Qué puede haber ocurrido? ¿hay que creer en un vuelco ideológico? ¿en un sincero ataquito de justicia?
Habrá que esperar a otros premios. En cualquier caso este servidor, canalla y conspiranoico, no puede dejar de pensar en una suerte de lavado de imagen por parte de los miembros de la Academia Sueca ante el desacierto que resultó el Nobel de la Paz otorgado el pasado año al Comandante en Jefe del Ejército de los Estados Unidos, Mister Barack Hussein Obama.
Y no es que crea yo que estos doctos personajes han decidido corregir los criterios desde los que eligen al afortunado de entre los candidatos de cada año, ni que sientan vergüenza propia o ajena por algún que otro premio polémico otorgado en alguna que otra determinada ocasión (hablamos de quienes han concedido premios de la paz a Yasser Arafat y a Al Gore; hablamos de quienes ignoraron a Kafka y a Joyce y a Proust y a Borges)
Pienso, no quiero evitarlo, si no será que se están muriendo los akademikomsomoles que tradicionalmente decretan qué autores son dignos de exhibir en su curriculum esa medalla con el visto bueno del Iluminado Comité Sueco para la Canonización de Intelectuales Afines al que pertenecen, el tan exclusivo santificador Premio Nobel de Literatura.
Si así fuera no estaría nada mal, aunque sospecho que la entrega de curriculums por parte de komsomolkandidatos a los puestos vacantes ya deben estar congestionando los servicios de correo de Estocolmo. Este mundo está repleto de Intelectuales Afines, gente necesaria para hacer respetar los dictados de lo políticamente correcto.
Seguramente se trata de un lavado de imagen, pero no voy a disimular mi contentura aunque Vargas Llosa no necesitaba de este premio, pues pertenece, por derecho propio, al exclusivo club de los grandes de la literatura universal.
Y porque no ha hecho concesiones en su defensa de la libertad.
Y porque es de esos pocos poquísimos intelectuales indiscutibles que nunca nos han dado la espalda a los cubanos.

jueves, 9 de septiembre de 2010

Juego a que cambio

La vida es tan corta y cambiante y veloz que muchas veces uno, para contar sus certezas, no puede darse el lujo de esperar a más tarde sin correr el riesgo de decir exactamente lo contrario de lo que está pensando ahora.
Así que, a toda prisa, me siento a teclear, antes de que la próxima brisa altere el orden en que un Ribera del Duero, descorchado esta hermosa noche por mis primos Felipe y Diana, ha combinado algunas palabras tras mi frente.

Lo cierto es que tenemos tal capacidad de adaptación y tan innatas facultades para el cambio, que no es ni raro ni inconveniente ni desproporcionado ni absurdo ni fuera de lugar ni “malo” pensar y decir hoy algo acerca de un suceso, una idea, una situación o lo que sea, sobre la que ayer pensábamos exactamente lo contrario. Tampoco, sea lo que sea que se diga, tiene que resultar errado en ningún caso.


En tiempos de Homero la tierra era plana y circular o al menos tenía límites o lo que sea que se aseguraba en esa época. Desde luego, en ningún caso era redonda la Tierra. Poco después ya algunos como Pitágoras (o Aristóteles más tarde) presentaban “evidencias” sobre su forma esférica. Cuando llegó Colón al Caribe creyó que le había dado la vuelta a la Tierra. Aquel error cambió un montón de cosas, empezando por los mapas. Pero, las cambió, única y exclusivamente, para quienes sucedimos al navegante genovés. La historia no se vio alterada en lo más mínimo, ni, con ella, los valores, los principios, el comportamiento de los humanos.
Visto desde la distancia, para las motivaciones o consecuencias del rapto de Helena por Paris contado por el gran poeta en la Ilíada, la forma que tuviera la tierra no tiene la menor importancia.

Algo parecido debió pensar el astrónomo, filósofo, matemático y físico Galileo Galilei acerca de la importancia de que fuera la Tierra la que girara alrededor del Sol y no al revés como se creía en su época, en el momento en que se supo condenado por el tribunal de la Santa Inquisición. El gran científico se retractó públicamente de sus ideas. Y, aunque la leyenda cuenta que mientras se marchaba dijo (¿en voz baja?): “Eppur si muove” -“Pero se mueve”-, (frase que refutaba su reciente abjuración y que los historiadores apuntan como un acto de rebeldía del científico ante las autoridades de la época), en el fondo, para mucha gente, su dimensión de hombre de principios siempre ha quedado oscurecida por la duda de si no hubiera sido más digno morir por defender lo que creía, por sostener su verdad. (No obstante, no hay que desechar que Galileo hubiera aprendido a esa altura de su vida -69 años- que, en lo referido a evidencias científicas, lo que hoy parece obvio mañana puede resultar un disparate)

El caso es que eso, negarse uno mismo, negar lo que se ha dicho alguna vez, no es visto con buenos ojos por mucha gente.

Yo mismo suelo, por precaución, dar poco crédito a las personas que hoy dicen una cosa y mañana otra, ya sea lo contrario o alguna variante notable acerca de lo comentado. Sobre todo me alarmo cuando esa persona puedo ser yo mismo. Para evitarlo procuro, como norma, hablar de cosas sobre las que he reflexionado previamente, haciéndolo siempre con prudencia. Intento no hablar de algo sobre lo que me he atrevido a aventurar criterios sin mucho tejido (y, sss... si tengo que hacerlo, procuro recordar o averiguar qué fue lo que dije antes, y, siempre que puedo, trato de coincidir con mi criterio) Cuando, como es frecuente, mis opiniones de hoy no coinciden con las de ayer, intento que no se note mucho. El truco está, creo, en siempre procurar que parezca que habla uno de cosas distintas. En el peor de los casos hago lo que ya he contado alguna vez (un poco lo que ahora): intento bromear. Pero, nunca, al menos mientras puedo, hago o digo algo que pueda afectar el destino o el proyecto personal de otras personas. Tengo la suerte de ejercer una profesión en la que el único destino supeditado a mi acción es el mío propio. No tengo una empresa, ni un cargo directivo o político. Linda la libertad.

Se supone que los valores, los principios, las ideas, han de ser estables, constantes indentitarias de un individuo. Llegamos al punto de tolerar y respetar mejor y más a una persona equivocada capaz de mantener sus ideas y principios, que a un individuo que hoy cuenta una cosa y mañana cambia su discurso, por muchas razones que argumente a favor de la dialéctica y de la capacidad de cambio y adaptación a los nuevos tiempos e ideas y de respeto a la verdad y el rigor o la necesidad.

(Dejo claro que me refiero a cuestionamientos de tipo morales y éticos, a valores relacionados con el comportamiento humano. Las argumentaciones de tipo técnico, científicas y por el estilo, no pueden ser juzgadas o medidas del mismo modo. Es por ello que no se juzgan igual la abjuración de Galileo, ni las auto-refutaciones de Stephen Hawkings, que las hipócritas, oportunistas y poco creíbles “negaciones” o “cambios de estrategias” y planes y discursos y leyes realizadas por políticos de todos los tiempos y lugares, que afectan de modo directo el destino y proyecto personal de millones de personas. La incompetencia remendada con mentiras y manipulaciones del actual presidente español ZP ha enviado al paro a la 5ta parte de la población en edad laboral; no se puede juzgar igual. El "reconocimiento" por parte de Fidel Castro de ser el principal responsable de la persecución que sufrieron los homosexuales en Cuba durante la década de los sesenta tampoco puede ser juzgado igual: -"En esos momentos no me podía ocupar de ese asunto…" "Pero en fin, de todas maneras, si hay que asumir responsabilidad, asumo la mía. Yo no voy a echarle la culpa a otros")

Esta mañana, y a raíz de la polémica que refería en el post anterior y que es también origen de este, he estado releyendo un artículo escrito en 1907 por Miguel de Unamuno, en el que, apremiado por los cuestionamientos de algunos seguidores acerca de su religión, les argumenta sobre sus creencias. Aquí resumo un pasaje:


"“En el orden religioso apenas hay cosa alguna que tenga racionalmente resuelta, y como no la tengo, no puedo comunicarla lógicamente, porque sólo es lógico y transmisible lo racional... Tengo, sí, con el afecto, con el corazón, con el sentimiento, una fuerte tendencia al cristianismo sin atenerme a dogmas especiales de esta o de aquella confesión cristiana...
Confieso sinceramente que las supuestas pruebas racionales _la ontológica, la cosmológica, la ética, etcétera _ de la existencia de Dios no me demuestran nada; que cuantas razones se quieren dar de que existe un Dios me parecen razones basadas en paralogismos y peticiones de principio. En esto estoy con Kant. Y siento, al tratar de esto, no poder hablar a los zapateros en términos de zapatería.
Nadie ha logrado convencerme racionalmente de la existencia de Dios, pero tampoco de su no existencia; los razonamientos de los ateos me parecen de una superficialidad y futileza mayores aún que los de sus contradictores. Y si creo en Dios, o, por lo menos, creo creer en Él, es, ante todo, porque quiero que Dios exista, y después, porque se me revela, por vía cordial, en el Evangelio y a través de Cristo y de la Historia. Es cosa de corazón.
Lo cual quiere decir que no estoy convencido de ello como lo estoy de que dos y dos hacen cuatro.
Si se tratara de algo en que no me fuera la paz de la conciencia y el consuelo de haber nacido, no me cuidaría acaso del problema; pero como en él me va mi vida toda interior y el resorte de toda mi acción, no puedo aquietarme con decir: ni sé ni puedo saber. No sé, cierto es; tal vez no pueda saber nunca, pero "quiero" saber. Lo quiero, y basta.
Y me pasaré la vida luchando con el misterio y aun sin esperanza de penetrarlo, porque esa lucha es mi alimento y es mi consuelo. Sí, mi consuelo. Me he acostumbrado a sacar esperanza de la desesperación misma. Y no griten ¡Paradoja! los mentecatos y los superficiales.
No concibo a un hombre culto sin esta preocupación, y espero muy poca cosa en el orden de la cultura _y cultura no es lo mismo que civilización _ de aquellos que viven desinteresados del problema religioso en su aspecto metafísico y sólo lo estudian en su aspecto social o político. Espero muy poco para el enriquecimiento del tesoro espiritual del género humano de aquellos hombres o de aquellos pueblos que por pereza mental, por superficialidad, por cientificismo, o por lo que sea, se apartan de las grandes y eternas inquietudes del corazón. No espero nada de los que dicen: "¡No se debe pensar en eso!"; espero menos aún de los que creen en un cielo y un infierno como aquel en que creíamos de niños, y espero todavía menos de los que afirman con la gravedad del necio: "Todo eso no son sino fábulas y mitos; al que se muere lo entierran, y se acabó". Sólo espero de los que ignoran, pero no se resignan a ignorar; de los que luchan sin descanso por la verdad y ponen su vida en la lucha misma más que en la victoria."


Ante un alegato como este siento que no ha de existir margen a la irresponsabilidad y la ligereza. Tal vez el enfoque (o el efecto) se perciba intensamente sentimental, pero, no es este el clamor de un aprendiz de hombre, es el llamado de un hombre espléndido, de un pensador y creador de lujo.

A su memoria aquel Ribera...
.

martes, 7 de septiembre de 2010

Juego a que pienso

Me divierte usar las palabras para jugar a que pienso.
Las palabras son indispensables para ejecutar el pensamiento y para desplegar ideas. Y comunicarlas, desde luego. Cuando decimos que intuimos algo, lo que sucede es que aún no tenemos las palabras apropiadas para describir qué es lo que está por suceder.
Igual ocurre con un montón de fenómenos y situaciones que están más allá de nuestra comprensión y para las que no hallamos las palabras adecuadas con que describirlas.
Algunas personas, como ciertos científicos y artistas, recurren a otros lenguajes para intentar describir esas situaciones y fenómenos. Esas personas, la mayor parte de las veces, están convencidos de haber encontrado las respuestas que, quienes dependemos únicamente de las palabras para pensar e interactuar con el mundo, no podremos encontrar jamás.
Los científicos, los físicos sobre todo, acuden a las matemáticas. Pero, las matemáticas son uno de esos otros lenguajes, como la música y las artes en general. Y, por tanto, no nos sirven a todos.

En mi caso, hago con lo que no comprendo lo mismo que hago con lo que comprendo: juego, lo convierto en broma, le busco el lado divertido y me doy placer y felicidad.
Me divierte jugar con las palabras y hacer como que pienso.
Hace apenas un rato me sorprendí tratando de pensar, a secas, sin juegos ni bromas. Pero, no conseguía dar con una sola respuesta a un dilema que...

Bueno, mejor juego. Además, esta tos constante de gripe, que el regreso de las playas, las carreteras y algún trasnocheo post-actuación me han procurado, no me deja otra opción.
Juego a que sueño que tengo 10 años. Tal vez sueño que juego y es una suerte de limbo de sueños y recuerdos de alguna noche, en el portal de la casa del abuelo Niní, en pleno campo cubano. Farol y luz hasta apenas dos metros más allá del jardín y ¿algo de miedo tal vez? No: ¡mucho de miedo! A la incertidumbre de lo no detectable, del vasto campo de caña y la carretera frente a la casa que la oscuridad intensa no permite ver, sumo un miedo acrecentado por el hecho de que yo creía saber lo que hay frente a ese mismo portal en que me encuentro ahora, pues, durante el día, ese es el sitio inmejorable para nuestros juegos, el de mis hermanos y mis primos y Palomo, el perro.
Pero, ahora, más allá de donde alcanza la luz, no sé si hay algo, si existen nuestro estadio de baseball hecho por el abuelo, ni nuestras voces y risas del mediodía. Y para esa ausencia (de lo que yo creía que allí estaba, pero que ahora no encuentro) no tengo palabras. No es Algo que falta, no es que no haya Nada, no es un sitio Vacío. Veo tan sólo un agujero negro. No sé que es. Sólo sé que tengo miedo. Abro los ojos, enormes como si con ello pudiera conseguir ver más...
Entonces, quizás por vez primera, juego con las palabras que pueden darme, ya que no una respuesta, sí un momento de ¿felicidad? Tranquilidad, más bien.
Ahora no sé si tenía realmente 10 años o 15 o si ocurrió realmente aquel juego de palabras y ausencias y miedos y broma. Ahora juego y me divierte hacer como que pienso mientras me traigo al dilema de hoy las mismas improductivas palabras de entonces:

La Nada no existe. Si la Nada existiera fuera Algo. Aunque con la peculiaridad de ser Algo que No existe.
Por otro lado, si la Nada es lo contrario de lo que Es, entonces la Nada ya Es Algo. Aunque sea en, digamos, negativo.
De nuevo acabo de matar a la Nada. Me da miedo matar algo, aunque no sea Nada.
Por cierto, si la Nada no existe, el Vacío tampoco. Pues, para ser Vacío ha de estar lleno de Nada. Estar lleno de Nada ¿no es estar lleno de Algo aunque carezca de contenido?
Pero, habíamos acordado que la Nada es Algo (lo contrario de lo que Es), por lo tanto de ese Algo está lleno el Vacío. ¿Una vez más resulta que el Vacío ¡tampoco es tal!?
Pero, aún si acordáramos que la Nada Existe: ¿tiene límites la Nada? ¿dónde comienza la Nada y dónde acaba? Se hace difícil imaginar que dentro o después de Algo no haya Nada, o sea, haya Nada... Algo habrá, aunque sea Nada... me voy aclarando...
Y hablando de límites o fronteras o cáscara incluso: ¿hasta dónde puede algo estar Vacío? ¿hasta arriba de lo que sea en que debe estar envasado? ¿tienen fronteras o puntos de partida el Vacío y la Nada, como parecen tenerlas el Infinito y la Eternidad?
¿Y estos dos últimos? Francamente, me resulta menos complejo imaginar a Dios que aceptar la idea del Infinito o de la Eternidad. Alguien me quiere tomar el pelo... ¿hacia dónde tira el Infinito? ¿qué tamaño puede llegar a alcanzar? Y la Eternidad ¿desde cuándo está ahí? ¿y cuánto puede durar esto? (espero no aburrirme)
En definitiva: ¿puede alguien contarme que es capaz de aceptar e incluso llegar a configurar en su mente la idea o la existencia del Infinito y de la Eternidad o del Vacío y la Nada absolutos y con el mismo énfasis negar la existencia de Dios por indemostrable (¿será que no acaba de dar con la ecuación apropiada?) y pretender aún que yo lo tome en serio? ¿Por muy Stephen Hawkings que se llame?

Anda, de eso se trataba: de jugar a pensar cómo es que funciona el cerebro de este respetado y famoso hombre de ciencias que aporta la peculiaridad de ser un científico frecuentemente refutado por él mismo al tiempo que realiza extraordinarias contribuciones a la confusión que en el hombre causa la incertidumbre acerca del origen de la humanidad.
En este sentido, en el de las auto-refutaciones, acabamos de disfrutar de un nuevo aporte: si en "Una Breve Historia del Tiempo" Hawkings plantea que no hay incompatibilidad entre la existencia de un Dios creador y la comprensión científica del Universo, en su más reciente libro afirman que afirma que la física moderna excluye la posibilidad de que Dios crease el Universo.
Teniendo en cuenta que para sus refutaciones a propósito de su propia Teoría de los Agujeros Negros (que al final resultaron no ser tan negros, ni tan agujeros) hubo que esperar algunos años, no es alocado suponer que, en lo concerniente a esta nueva refutación acerca de la existencia de Dios, aún tenga tiempo de refutarse de nuevo. Aunque, jugando a hacer números, sospecho que, dadas la cantidad de años que transcurren entre una y otra rectificación, la próxima refutación tendrá que hacerla cuando se encuentre ya al lado del Señor, en el más allá...

Esta tos no me permite hacer nada. Al menos nada que tenga que ver con jugar a que pienso. Estoy confuso porque no me concentro. Lo de Stephen Hawkings y sus auto-refutaciones, ¿no sería un catarro?

Finalmente, si quieren una reflexión seria y que aporta luz desde el rigor y la lucidez acerca de la polémica generada a propósito de este asunto, les recomiendo este artículo de Carlos López Díaz "La falsa antítesis Dios/razón" (Siempre que leo a Carlos pienso qué hubiera sido de mí (y, por extensión, del mundo) si en mis años de estudiante me hubiera beneficiado con la suerte de tener un profesor como este hombre)

Por cierto: ¿qué es el más allá?
.

miércoles, 28 de julio de 2010

La soledad del pianista del fondo



Lo está dando todo.
Un poco, tal vez, porque se siente observado ya por medio mundo (o porque “por si acaso”) a través de esa cámara (pongamos que de fotos en modo “hacer grabación de video”), testigo para la eternidad de este momento único y espléndido, y gracias a la cual ahora podemos disfrutar de su interpretación.
Un mucho porque él es así: lo da todo cuando toca. Lo cuentan quienes le conocen. Y lo intuimos quienes le hemos escuchado o visto frente al piano en ocasiones.

Lo está dando todo aunque el local está vacío... o casi... o peor: las cuatro personas que consigo contar ocupando una mesa a la derecha ni siquiera miran hacia el rincón donde se encuentran “un pianista y un conguero tocando”.
Lo está dando todo ante sí mismo, para sí mismo y para su conguero. Y, por supuesto, para la chica, la única que observa y escucha.

Se me antoja que la chica es la verdadera protagonista de la escena. Ella sola llena todo ese teatro del universo para quien hace también su interpretación el excelente pianista. Es ella quien se eleva, flota desde esta versión que realiza Tony Pérez de “Levitando”, tema compuesto por Ramón Valle, otro extraordinario músico.
En ella, en la chica, está concentrado todo un intenso y multitudinario manojo de admiradores, fans o simples disfrutadores del buen hacer y del talento de este músico que en la Cuba de los 90, una época repleta de excepcionales ejecutantes del piano, consiguió destacar, muy joven aún, con sus aportes en los modos de interpretar, orquestar y crear-recrear desde ese instrumento.
En ella, en la chica, también estoy yo, exaltado y gratamente rendido a su talento, como ahora mientras lo escucho y lo veo. Y está el amigo, pianista, compositor y musicólogo Fernando Rodríguez “Archi”, quien, evidentemente conmovido también, ha enviado un mail con el link a toda su lista de contactos, entre los que me encuentro, con este Asunto: ¡¡esos músicos cubanos!!‏...

Importante ver el video: forma parte de lo que se escucha, aunque sólo escucharlo sería suficiente. Verlo, al gran pianista, y ver a la chica viéndolo es un detalle agregado que se nos concede, como cuando compramos un objeto valioso y caro y nos regalan por ello y con él una joya igual de valiosa e impagable.
Se concentra Tony Pérez antes de comenzar a tocar, marca el tiempo para el conguero y entra en la música, casi literalmente. Y desde dentro la amasa como un panadero a su futuro pan, la moldea como haría un escultor con el barro húmedo, dibuja trazos de ella y la llena de colores como un pintor, pero también la baila, la agita y la acuna y la besa, todo a un tiempo, todo en cada único y diferente instante.
Nada le distrae, nada le interrumpe, nada existe fuera de su música. Ni siquiera el flaco impresentable que con fingida indiferencia simula organizar un tanto el local ¿a la espera de clientes? mientras se va aproximando, hasta conseguir finalmente lo que en realidad le interesa: alcanzar la mesa de mezclas y bajar el volumen del piano.

Pero, nada distrae al pianista, nada le interrumpe, nada existe fuera de su música.
Ella, la chica, continúa mirando con aumentada atención; observa concentrada, disfruta medio sonriendo medio sabiéndose observada también, en breve y para siempre, por todos los que no estamos ahí... aún.
Ella mira dejándose mirar y asumiendo su rol de único testimonio físico de nuestra presencia desde este virtual “otro lado” del local, entonces futuro, hoy real y eterno gracias a la cámara, que es youtube.

¿Es ella la novia, la esposa, la probable pero enamorada chica del pianista? Quiero creer que sí, sería bello que así fuera. Pero, sería también un tanto aburrido y para algunos hasta vulgar.
Pongamos entonces que la chica es tan sólo la acompañante, en cualquiera de esas categorías anteriores, del dueño de la camarita de fotos “en modo video”, que filma para él, para nosotros, para la historia. De este modo, con el mayor de los respetos, puedo pedir prestada, para mi personal disfrute de este pequeño “film” (así lo denomina el mismo autor y probable dueño de la camarita y de la chica), a la bella y solitaria muchacha que mira, con el objeto de evocar una hermosa escena de una serie de televisión sobre la vida del compositor francés Hector Berlioz, que vi hace más de veinte años y que, aunque ya no debe parecerse a la versión original, me niego a abandonar.

En la escena que recrea mi memoria, el atormentado y romántico músico tiene un encuentro con una chica serenamente hermosa que no le pertenece. Conversan tranquilamente sobre temas intrascendentes, mientras van quedando atrapados en una larga e intensa mirada. Entonces él, de súbito, le pide a la muchacha que se quede inmóvil, detenida en el acto de contemplarlo. El apasionado compositor, pluma en mano, toma un papel y comienza a escribir música sobre este, dibujando a la chica en espontáneas e improvisadas melodía y armonía, como haría un pintor con trazos y colores, una suerte de Goya de los sonidos. Así hasta cubrirlo por completo con una extraordinaria pieza de amor. La escena ofrece, como protagonista principal, la música que va creando Berlioz y que se escucha mientras este la va delineando en el papel.

Así veo que toca Tony Pérez en el video. Así escucho cómo lo mira la chica.
El flaco impresentable aparece de nuevo y, esta vez sin disimulo, baja aún más la música. También así es ese oficio. Tony Pérez toca igual a Beethoven que a Ramón Valle que al propio Tony Pérez. Es de los que tiene un probable espacio en la historia de la música cubana. Pero eso en sí mismo no es intercambiable por una cesta de comida, algunas prendas para cubrir el cuerpo y protegerlo del frío y del qué dirán, o unos cuantos billetes con los que costear una habitación donde descansar y ducharse. Es el suyo un oficio inestable, sin garantías y a duras penas regulable. Pero, es también un oficio al que es imposible renunciar y del que es inútil pretender desligarse, y que se lleva hasta el final como una mancha en la piel o un tatuaje. El oficio de la música es como una condición de la que no te puedes desprender y seguir siendo tú mismo.
Eso ayuda a que una vez más nada le distraiga, nada le interrumpa, nada exista fuera de su música. Ni siquiera el flaco sonidista o miscelaneo o encargado del salón o simple camarero que vela porque no se moleste a los clientes.

Tony Pérez y los artistas como él tocarán a Gershwin y a Chopin y a Pérez Prado con la misma entrega, rigor, pasión y virtuosismo, en el Carnegie Hall de New York, en el Green Street Grill en Boston o debajo de un puente. Basta para ello que haya que tocar. Igual ante una pequeña cámara de fotos que ante una multitud.

A veces le bastará estar vivo para que un buen músico toque como el más grande.

A veces le bastará, como lo demuestra Tony Pérez en este video, que una muchacha le mire.

viernes, 11 de junio de 2010

Es 11 de junio


Es 11 de junio. La combinación de día y mes que más familiar me resulta: nací un día como hoy.
No tenía pensado realizar una entrada al blog a propósito, ni mucho menos. Para aplacar mis cada vez más crecidas necesidades de conexión con quienes amo, resulta que me ocupo cada año de recordar a todos los que puedo de entre ellos, algunos días antes, de que están a punto de “hacerme saber” que no se han olvidado este día tan particular.
Pero, sucede que he disfrutado tanto en las últimas 72 horas recibiendo felicitaciones, chistes, bromas, conjuros, ofrendas, proposiciones de ayuda espiritual... y cariño y buena energía, que no me resisto a dejar testimonio aquí de la tanta felicidad que me han procurado mis tan querid@s y conmovedor@s loc@s, diseminad@s por medio mundo, pero adherid@s a mis posturas como a través de un infinito o elástico umbilical cordón de afecto y de ternura.
Y, ciertamente, confieso que me es imposible contener cierto incontrolable ensanchamiento del ego.
Gracias a todos, por su cariño y por acudir a “mi llamado”.

Quiero, de modo especial, destacar dos “felicitaciones” que me han conmovido particularmente, hasta la mudez, el sonrojo, la lágrima. Y compartirlos con todos. Y públicamente agradecer tan incalificables regalos.

Mabel Cuesta, y su blog “De Nueva York a Matanzas
Julito Font y su proyecto radial en internet “ANANTA

Les invito a visitarlos, pues es también mi intención ofrecer a quienes no los frecuentan la posibilidad de disfrutar de sus personales proyectos.

Está claro que cada año estoy más indefenso.
.

lunes, 31 de mayo de 2010

El Telón Infinito

Esta mañana, al llevar a mi mujer hasta la estación en donde cada día toma el metropolitano para ir al trabajo, la he visto abordar el tren algo contrariada, pues se ha dejado en casa el libro que comenzó a leer justo en el viaje anterior. Es mi libro de cabecera de mi hermano.
Explico: mi hermano Danny celebró mi cumpleaños 44 obsequiándome ese libro y apremiándome en los días siguientes a que lo terminara “¡Ya!”... para leerlo él. Debí comprarle otro en aquel momento, pero no.
Desde esa misma noche de junio de 2005 comencé a hacer con el libro lo que durante más de 20 años y hasta unos meses antes había hecho cada noche, ya en la cama, con mi último cigarrillo del día: engullirlo, integrarlo horizontal en mi cuerpo y procurar que me calara célula a célula como si me hubiera estado preparando la vida entera para entrar en La Vida y hubiera llegado el momento de hacerlo.
El libro es El Telón, de Milán Kundera.
En algún momento posterior a aquel verano mi hermano entró un día a mi cuarto, tomó el libro y me dijo: “Te lo devuelvo en cuanto lo lea”...
El jueves pasado, de visita en su casa, le increpé: “¡Dame El Telón, ya es hora de que Judith lo lea; no me voy sin él!”...
Lo seguí hasta su cuarto. Su cama. Tomó el libro de la mesita de noche, al lado de su almohada, donde ha estado ejercitando su rol de último cigarrillo del día para mi hermano durante estos cuatro años. Me lo entregó. No les cuento su cara.
Es mi libro de cabecera de mi hermano.
Tal vez convendría tener uno cada uno. Pero, no sé por qué, sospecho no sería lo mismo.

El Telón debiera ser el libro de cabecera de todo el que escribe. Y de todo el que lee.
Los buenos libros no te dejan leerlos. Tienen vida propia. Y, vivos al fin, parecen estar a cada momento renovándose, enriqueciéndose, de modo tal que cada párrafo que lees te provoca cantidad tal de reflexiones, de alegrías, de exquisito disfrute que no logras avanzar, pues, cada página te premia con todo un libro que fabricas en tu mente, íntimo libro definitivo jamás escrito por nadie ni leído jamás, salvo por ti mismo.
El Telón es, en menos de 200 páginas, ese libro definitivo que me esperaba desde tiempos inmemoriales.
Aunque el objetivo central de Kundera sea subrayar que, más allá de la historia, la ciencia, la filosofía o la fe, la novela es un auténtico e independiente modo de conocer al hombre e interpretar su alma, El Telón es enciclopedia y compilación de todas las sugerencias posibles a propósito de la literatura, la música, el Arte todo, del hombre individuo y el hombre social, la libertad, la vida, la muerte, el olvido, la risa...

Lo he abierto. Y no he podido completar la tercera página. Ya estoy ciego de certidumbres y deslumbrado por la duda.
Y me resisto a negarme compartir aquí esas primeras páginas y una breve reflexión.

Conciencia de la continuidad
Contaban una anécdota de mi padre, que era músico. Se encuentra entre amigos en algún lugar donde, desde una radio o un fonógrafo, suenan los acordes de una sinfonía. Los amigos, todos músicos o melómanos, reconocen enseguida la Novena de Beethoven. Preguntan a mi padre:
-¿Qué es esa música?
Tras una larga reflexión, éste dice:
-Parece Beethoven.
Todos contienen la risa: ¡mi padre no ha reconocido la Novena sinfonía!
-¿Estás seguro?
-Sí -dice mi padre-, un Beethoven tardío.
-¿Cómo puedes saber que es tardío?
Mi padre les llama entonces la atención sobre cierta ligadura armónica que Beethoven jamás habría utilizado en su juventud.
Sin duda, la anécdota es sólo una maliciosa invención, pero ilustra bien lo que es la conciencia de la continuidad histórica, uno de los signos por los que se distingue al hombre que pertenece a la civilización que es (o era) la nuestra. Para nosotros, todo adquiría el cariz de una historia, nos parecía una sucesión más o menos lógica de acontecimientos, actitudes, obras. En tiempos de mi primera juventud conocía, de un modo natural, sin esforzarme, la cronología exacta de las obras de mis autores predilectos. Imposible pensar que Apollinaire hubiera escrito Alcoholes después de Caligramas, ya que, en ese caso, habría sido otro poeta, ¡su obra tendría otro sentido! Me gusta cada uno de los cuadros de Picasso por sí mismo, pero también toda la obra de Picasso concebida como un largo camino del que conozco a la perfección cada uno de los períodos. Las célebres preguntas metafísicas, ¿de dónde venirnos? y ¿adónde vamos?, tienen en el arte un sentido concreto y claro, y no carecen de respuestas.

Historia y valor
Imaginemos a un compositor contemporáneo que hubiera escrito una sonata que, por su forma, sus armonías, sus melodías, se pareciera a las de Beethoven. Imaginemos incluso que esta sonata haya sido tan magistralmente compuesta que, si hubiera sido realmente de Beethoven, habría figurado entre sus obras maestras. Sin embargo, por magnífica que fuera, al firmarla un compositor contemporáneo, daría risa.
Como mucho, se le felicitaría por ser un virtuoso del pastiche.
¡Cómo! ¿Sentimos un placer estético al escuchar una sonata de Beethoven y no lo sentimos con otra del mismo estilo y con el mismo encanto si la firma un contemporáneo nuestro? ¿Acaso no es el colmo de la hipocresía? La sensación de belleza es, pues, cerebral, está condicionada por el conocimiento de una fecha?, ¿no es espontánea, dictada por nuestra sensibilidad?
¡Qué remedio! La conciencia histórica es hasta tal punto inherente a nuestra percepción del arte que sentiríamos espontáneamente (o sea, sin hipocresía alguna) este anacronismo (una obra de Beethoven fechada hoy) como ridículo, falso, incongruente, incluso monstruoso. Nuestra conciencia de la continuidad es tan fuerte que interviene en la percepción de toda obra de arte.


La reflexión de Kundera es una verdad como un templo. Aún así, o precisamente por ello, me ha dejado el mal sabor de tener que asumir cuánta ignorancia nos trae el Saber, no sólo en el sentido de que cada conocimiento nuevo aumenta el umbral de lo desconocido sino de cuánto nos aleja el Conocimiento de algún otro tipo de percepción, de experiencia, de acercamiento o quién sabe si descubrimiento de quién sabe qué Verdad... de cuán marcados estamos por la erudición que resulta del "pensamiento lineal", consecuencia seguramente de una percepción determinada por nuestra finita condición. Ello se refleja en lo que Kundera llama “conciencia de la continuidad”, que nos impide disfrutar (aventuro yo) de cualquier hecho artístico que se salga de su propia circunstancia, su propia lógica histórica, su momento, como en el ejemplo del joven “imitador” de Beethoven.
Me pregunto si no seremos acaso víctimas inconscientes del rigor del dato ¿científico, teórico, real? que proviene de una percepción no "lateral" o abierta o múltiple de lo que observamos. Me temo que lo somos.
Veamos. ... ...
Para un conocedor de la obra de Beethoven, esa sonata del joven compositor que supone Kundera, es ciertamente algo anacrónico y falso. Pero, ¿qué sucedería con un profano y humilde desconocedor de estos asuntos (tengamos en cuenta que eso es la mayoría de los más de siete mil millones de habitantes del planeta), alguien que, aunque ha escuchado a Beethoven y disfruta profundamente de su música, no sabe cuántas ni cuales sonatas compuso el genial músico?
Sospecho que, al no saber distinguir entre la sonata falsa y otra verdadera, al no saber siquiera que existe alguna sonata falsa, y tomando como premisa lo que sugiere el mismo Kundera en su ejemplo de que está “tan magistralmente compuesta que, si hubiera sido realmente de Beethoven, habría figurado entre sus obras maestras”, para este feliz ignorante el placer al escuchar esa pieza musical sería igual al de escuchar cualquier otra de las que sí escribió el maestro.

El individuo, desprovisto de esa “conciencia de la continuidad”, ignorante del ropaje histórico y circunstancial que condiciona una obra musical, estaría, cuando menos, en mejores condiciones para disfrutar de la belleza y consecuencias de esa obra.

El valor estético de una obra musical (este ejemplo que expone Kundera es sobre el arte de la música), en mi opinión, trasciende el valor estético objetivo, de contexto, histórico y de evolución de la historia del arte. Es un valor en sí mismo. Pero quizás sólo conseguiríamos demostrárnoslo si nos hundiéramos en el olvido o simplemente pudiéramos desconectar esas regiones del cerebro donde alojamos el conocimiento y la experiencia. Tal vez entonces, desde una definitiva (aunque fuera temporal) ausencia de todo tipo de referentes culturales e históricos previos, extirpadas la ilustración y la gnosis , nos llegaría la certeza de ese valor estético absoluto.

Otra cosa es que decidamos, aplicando legítimas valoraciones éticas y hasta morales, que cada hecho artístico ha de pertenecer exclusivamente a su tiempo, a su autor y circunstancia, y que una aproximación, asimilación de estilo o intento de imitación que no alcance la categoría de plagio deba ser marginada y considerada fraudulenta.
Y, por supuesto, opino que estas valoraciones no son aplicables a la novela, o la pintura, o el resto de las artes, exceptuando la poesía.

Breve historia de familia:
Mi cuñada y amiga Lisset conduce su auto. Su hijito Gabriel, de unos cuatro años, viaja en la parte posterior, acomodado en su pequeña silla. Desde que salieron, más de quince minutos atrás, suena música en los altavoces. Música que el niño interrumpe para preguntar a la madre con voz entrecortada:
- Mamá, ¿por qué si a mí esa música me gusta yo estoy llorando
?

Siento que todo esto es navegar en aguas altamente inestables, revueltas y peligrosas. El Conocimiento es vida, es luz, es crecer y es amor. Pero no tengo garantías de que conocer los más íntimos detalles de una propuesta artística no me limite, ni me inhiba de hundirme a plenitud, crecer y hasta perecer en su misterio.



.

miércoles, 19 de mayo de 2010

El Perdedor

Esto es CNN+, España.



Entre la tristeza y el insulto que provoca este video han conseguido estos energúmenos sacar gotas de sudor a mi estómago.
Y no porque pretenda ahora yo exhibir alma sensible, caritativa y misericordiosa, dadivosa, compasiva y sentimental... Ni mucho menos. Rara vez consigue conmoverme, más allá de lo razonable, la actitud de la mayor parte de las personas que suelo encontrar en la calle pidiendo limosnas. Invariablemente me pregunto qué razones tan complejas hay detrás de aquel que lo hace honestamente convencido de que no tiene otro camino. Pero, no suele ser la limosna la manera que estimo apropiada para que una persona preste, solicite o reciba ayuda. Más bien suelo molestarme (había escrito “indignarme”... mejor lo borro) cuando algún ser humano desafía el siempre nebuloso sistema de valores de sus semejantes a través de esa especie de chantaje moral, emocional, estético, psicológico... ("agresivo", había escrito... borrado), que es acudir-ampararse a-en la lástima para conseguir dinero (ya puesto, me niego a escribir “ayuda”) (¿Será la mía una reacción inconsciente ante la idea que no puedo ya alejar de que tantos coterráneos en la isla han terminado siendo, por culpa del comunismo, una multitudinaria enorme indecente involuntaria desubicada turba pandillera aglutinación de limosneros?)
Podemos discutirlo; pero, no es esa la reflexión que me interesa hacer en este momento.

Las conclusiones acerca de la gracieta que hace ese corresponsal a costa del mendigo alemán las dejo a discreción de cada uno. Lo que me interesa referir viene determinado por la polémica desatada en la red a partir de esta transmisión de CCN+. La reiterada alusión al canal emisor es un propósito y viene motivada por lo significativo que resulta que esto ocurra en un medio de comunicación desde donde a diario se pretenden impartir lecciones de moralidad a esa mitad del país que no comulga con las doctrinas, edictos y principios de sus afectados gurús.

Resulta que en redes sociales, foros, chats, blogs, etc, anda buena parte del personal enardecidamente sumido en la discusión acerca de la pertenencia del reportero a determinado signo ideológico. Que si es progre, que si es facha, que si a diestra o siniestra. Desconcertante que tantas y tan variadas opiniones coincidan en establecer que la actitud bochornosa del impresentable comunicador de televisión esté determinada por su pertenencia a uno u otro extremo del tablero político-ideológico en que se posiciona el individuo moderno y no a su propia dimensión ética, moral y humana. Desconcertante y prosaico. Realmente miserable. Defender la actitud de ese corresponsal esgrimiendo que “los fachas hacen cosas iguales o peores” es tan insultante y mediocre como reprobarla achacando esa actitud a su condición de “progre” o “sociata”.

A esto quería referirme. En este punto estamos. Izquierda o derecha. Nadie da más.
¿De verdad cree alguien que el verdadero indigente, el mendigo, el incapacitado social es ese hombre, alemán, que en el video es humillado mientras pide limosna? Yo no lo tengo nada claro. Ni en el caso que se expone en el video ni en el de las personas que sentencian desde sus limitados credos ideológicos.

Es este un mundo donde cada hombre es un manco mental, psicológico, un mutilado funcional y de credo. Se es de izquierdas o se es de derechas, pero se es un lisiado. Siempre una sola mano, siempre un sólo lado, uno de los dos bandos. Tullidos andamos, caminando con un sólo pié, llorando por un sólo ojo, ¿utilizando? las neuronas de un único lado del cerebro.
Y es que al 50% de homo sapiens que queda, que somos, ya no le interesa la verdad. Aunque la esté mirando, aunque salte a la vista como en ese video.

No importa que haya un hombre humillado por otro hombre, o grupo de hombres. Lo verdaderamente importante es conseguir colgarle al rival, al enemigo político-ideológico en este caso, la responsabilidad, la autoría intelectual del desmán y con ello propinarle una rotunda derrota.

Argumente usted lo que quiera; no hay modo: al hombre ya no le interesa la Verdad. Y puede que no le haya interesado nunca.
Sucede que desde siempre, desde todos los tiempos, lo único que le ha interesado realmente al hombre es el triunfo, la victoria, ganar. Ganar. Ese modo más coloquial de decirlo me gusta más, me parece más certero para describir lo que quiero decir: Ganar.

Mi hijo se divierte con la broma perenne de cualificar-definir-ungir casi todo lo que destaca a su alrededor aplicando ese término y su significante. La primera vez que se lo escuché conversábamos en un tranquilo café de Loeches, este adormilado pueblo donde vivo ("Café con Loeches", decimos) y, de pronto, escuchamos a los lejos el ruidoso y veloz paso de una de esas inconfundibles harley davidson que no dejan indiferente a nadie: "¡Ganó!", dijo en voz baja mi hijo, sin dirigirse a mí ni a nadie en particular, y continuó conversando tranquilamente. Pero ya yo no pude continuar el hilo de su discurso y estuve riendo un buen rato. Se me antojó que era una acertadísima manera de describir y coronar lo ocurrido. Me percaté entonces de su costumbre: si adelanto a otro auto al salir en un semáforo: "Ganaste", me señala; ve al hombre del tiempo en la tele recomendando alistar los abrigos ante la probabilidad de un frente frío: “Va a ganar”, augura; se acerca una joven rubia (con o sin atributos, le da igual): "Ganó", se dice mientras trata tímidamente de ganar su atención. Aunque no sólo "canta" las victorias... si la chica lo ignora me comenta, frustrado: "Perdí, papá".

La lucha por sobrevivir desde el hombre primitivo, la humana supervivencia toda es una larga cadena de constantes victorias. Ha habido que ganarle al mamut, al frío, al rayo, al otro hombre.

La Victoria... V... ¡ahí está! Ganar es condición del ser humano. No hay argumento, evidencia, ni mandato que esté por encima de la necesidad de Ganar. Es la absoluta prioridad. Aún a expensas de la Verdad. Ganar está, muchas veces, por encima incluso de la vida misma. Morir por un ideal sólo es posible porque esa entrega irreversible lleva en sí un innegable matiz de victoria. “Dar” en pos de “algo” lo más grande que se posee, que es la vida misma, es un modo de Ganar.

Y es que, en los códigos humanos, el que gana, termina teniendo la razón. Aunque no la tenga. Nunca a la inversa: tener la razón no hace a nadie vencedor. El hombre necesita Ganar. Es Ganar lo que le da la razón. Aunque la tenga.

Bajando a la tierra, a la calle, a la tele y al trabajo, Ganar se convierte en el único objetivo diario de cada ser humano desde que despierta hasta que se duerme. Con el tiempo, el hombre moderno ha ido adaptando a las nuevas circunstancias los horizontes, los matices, los elementales o complejos motivos y espacios donde conseguir la necesaria victoria nuestra de todos los días. Desde el éxito en la escuela y el trabajo, la exhibición de algún talento o fortuna; desde conseguir la mirada o la sonrisa de el o la más agraciada del solar hasta la euforia del éxito deportivo del nuestro equipo inderrotable, o el inigualable sabor del pan que se hace en mi pueblo, el mejor del mundo, el hombre busca llenar de victorias constantes cada día cada tramo de día, en un mundo donde la victoria total aparece cada vez definitivamente aplazada.
Y, de entre todas, ninguna como la victoria de nuestros credos, de nuestra fe, de nuestra irrefutable percepción de lo cognoscible y lo no tanto; o de sus contrarios. Es ahí donde menos dispuestos estamos a ceder. De modo tal que, cuando la realidad se empecina en empañar con evidencias nuestras más caras creencias, nada consigue curar el malestar que nos produce la imposibilidad de Ganar.

El Hombre no está preparado para perder. El perdedor es un ser enfermo, un lastre. Y se vuelve peligroso, pues entonces trata de encontrar un modo alternativo de Ganar que, por lo general, no contempla la ética, la transparencia, el juego limpio. El perdedor, en tanto que hombre condicionado para Ganar, suele buscar la victoria a toda costa, desde el mal si es preciso. Para un perdedor la victoria posible será doblemente satisfactoria si con ella consigue humillar al vencido.

Y vivimos en un mundo de perdedores. Peor aún: vivimos en un mundo donde han ganado los perdedores. Un mundo donde la incompetencia, la mediocridad y la hipocresía se parapetan tras un disfraz demagógico, coloreado a medida con reciclados principios morales, de esos de aleación, que se doblan, que cambian de forma y se adaptan a lo inmediato conveniente sin dificultad.

Entonces, ahí lo vemos. Todos piensan que es ese mendigo del video el perdedor. Pero no está claro eso para mí. Viéndolo, me pregunto, como hago invariablemente, ¿qué razones tan complejas puede haber en ese hombre que pide limosna para que crea que no tiene otro camino? No estaré jamás seguro de que ese mendigo sea realmente un perdedor.
Pero, lo que si es evidente en el video, es la cualidad de miserable fracasado con micrófono, sueldo, pasaporte y probable título universitario de ese corresponsal, verdadero indigente moral e intelectual con poder, peligroso perdedor dispuesto a la más miserable estratagema para apuntarse una victoria, para Ganar.
Como evidentes perdedores son los tantos y tantos mutilados que en la red, observando y juzgando desde fuera, sin importarles un comino lo que realmente sucede, toman el video de bandera únicamente para vestir de victoria la pata de la que cojean.

.

jueves, 13 de mayo de 2010

Humor en Cuba, por PP Pelayo

El amigo PP Pelayo, en su blog, publica una breve semblanza de los primeros años de “La Seña del Humor de Matanzas”, para poner algo de luz en esa parte de la cronología de lo que constituyó una nueva manera de hacer humor escénico en Cuba y que, por reciente (¡cuánto daño sigue haciendo Gardel!), aun conserva los empecinados lados oscuros de las cosas que se resisten a morir (que es lo que sucede cuando algo pasa a formar parte de la historia).
Lo está presentando por entregas (ya va por la segunda) y, tanto en sus entradas como en los comentarios que suscita, se va delineando el perfil de ese momento en que la escena humorística cubana sufrió una transformación.

Argumenta PP Pelayo el por qué de sus artículos:

Me di cuenta que existían pequeñas lagunas en la Historia de esos años y que algunos escribían esa Historia a su conveniencia, tergiversando la realidad a su antojo, sin contar otros chanchullos, típicos del ser humano, que han deformado muchas cosas.
Entonces el motivo de estas líneas es, obviamente, aclarar ciertos puntos en la Historia del humor escénico cubano entre los años 1984 y 1991. Años que viví con mucha intensidad como humorista en La Isla. Insisto: sólo me referiré a esos años y a esa manifestación artística, porque fui testigo presencial. Lo que sucedió después de septiembre de 1991 sólo lo sé por lo que me han contado, porque desde esa fecha he vivido en Santiago de Chile y no tengo derecho a “meter la cuchareta” en esa otra Historia
.”


La tempestuosa juventud que padecía yo en aquellos años me impedía observar, con la perspectiva apropiada, lo que a mi alrededor se iba cocinando. Vivía, sin mirar hacia atrás, pero tampoco hacia delante. Y consumía todo lo que aquel bosque de creatividad y amor que era La Seña del Humor, generaba. Por eso mis recuerdos de aquellos años son un caos total. No es que no existan, es que no consigo hacer coherente cada recuadro, cada viñeta que se me antoja lo vivido. Como un sueño, intenso y eterno, pero un sueño de otro al que me han permitido entrar para que conozca la felicidad.

Les dejo un par de fotos.
En la primera, encima, el Dúo “Violín y Silvestre”, mi guitarra y yo junto al genial músico y violinista Pedro Alfonso, en el Teatro Nacional de La Habana, durante el número de La Seña "El Hombre y su Instrumento".
La segunda es una reseña en la prensa de nuestra participación en un festival del humor, pero, considero ese recorte una “joyita” porque en él se puede leer el titular de la noticia que publicaban debajo de la que hace referencia a nosotros. No se lo pierdan.
Hagan clic en las imágenes para verlas ampliadas.

Les invito a que visiten la web de PP Pelayo y lean los artículos y comentarios. Y si alguien tiene alguno o un recuerdo, una foto, una denuncia, un chisme que aportar, ruego no se lo calle, pues la memoria suele ser traicionera cuando uno es tan joven aún, como Pelayo y Aramís Quintero, los principales instigadores de las revueltas generadas en las maneras de hacer humor escénico en Cuba gracias a ese hijo que engendraron junto al entrañable Moisés Rodríguez y que se llamó La Seña del Humor de Matanzas.

(I Parte) Algunas puntualizaciones sobre la historia del humor en cuba, durante los años 80.

(II Parte) Algunas puntualizaciones sobre la historia del humor en cuba, durante los años 80.

jueves, 6 de mayo de 2010

EL POEMA

Luego de tanto tiempo alejado del blog quiero retomar esta relación con un poema, el único poema "de otro" que me sé de memoria. Eso es todo un detalle, pues mi memoria es tan mala, falsa y traicionera como las mujeres en los boleros de victrolas.

Este es, para mí, EL POEMA. Desde él se resolvieron muchas de aquellas insolentes conjeturas estéticas y filosóficas que intentaban hurtarme las brujas asesoras del gran cacique y secuaces que reinaban y aún en la isla. Conjeturas cuya ausencia de solución, por otra parte, me auguraban un futuro de "hombre nuevo" en el que creí adentrarme durante algunos años y hacia el que orienté toda mi juvenil energía.
(No he conseguido dejar de imaginarlas, a las brujas, parapetadas tras la "joven poesía revolucionaria" con que a mansalva bombardeaban mi rusticidad cada instante cada día)

 


Es de Machado este poema total, poema thriller que, como las más espléndidas películas de mi memoria (sí, esa misma), lo tiene todo: vida, muerte, miedo, suspense... y sorprendente happy end.

Las dudas que pudieron quedar en mí, tras conocer estos versos, las solventó poco después un voluminoso poemario de Pessoa que me propinó un nocaut absoluto del que jamás he querido recuperarme.

Antonio Machado y Fernando Pessoa, no en ese orden, bastan para contar al Hombre.

 



Daba el reloj las doce... y eran doce
golpes de azada en tierra...

... ¡Mi hora! —grité— ... El silencio
me respondió: —No temas;
tú no verás caer la última gota
que en la clepsidra tiembla.

Dormirás muchas horas todavía
sobre la orilla vieja
y encontrarás una mañana pura
amarrada tu barca a otra ribera.

jueves, 4 de febrero de 2010

Ciertas pequeñísimas libertades III (Final)

¿Es el ser humano malo por naturaleza? ¿O la gente es buena al nacer? Esta es una cuestión para la que distintos analistas, filósofos, teólogos, psicólogos, tienen respuestas diferentes. Pero, creo que tal vez se sobrevalora la importancia de tener una certeza al respecto. La bondad o la maldad no dejan de ser opciones ante las que tenemos la posibilidad de elegir una vez crecemos y maduramos. El modo en que hagamos uso de las pequeñas libertades que nos podemos permitir define muy bien la naturaleza de cada uno de nosotros. Y todos, absolutamente, recibimos a lo largo de la vida las señales adecuadas acerca de lo que es bueno y de lo que no lo es. Nuestra es siempre la elección.

Cada una de las múltiples libertades a nuestro alcance cuesta tanto y es tan preciada que sólo somos dignos de disfrutarla si la ejercemos con responsabilidad. Aquello de “tu libertad acaba donde empieza la de los demás” no puede ser una norma inviolable. Mi libertad no puede acabar donde comienza la de alguien que la vulnera. No me parece válida la presunta libertad de quienes ejercen la tiranía, ni desde el gobierno ni en el seno de la familia. La pretensión con que crecí, de haber nacido y estar viviendo en un país libre, era una mentira vergonzosa para la inmensa mayoría de los cubanos, que nos encontrábamos bajo la supervisión de un régimen totalitario que mancillaba todos nuestros derechos y libertades.
¿Dónde debía yo considerar que terminaba mi limitada libertad y comenzaba la de quienes la cercenaban? ¿De cuáles fundamentos servirme para conciliar mi espontánea y secreta necesidad de liberación con el sacrificio impuesto a mis libertades personales en pos de una “justa” conquista de otras comunes y la promesa de un “futuro luminoso” para las generaciones venideras (promesas que, entonces, víctima de un eficaz adoctrinamiento, no imaginaba yo que fueran una farsa)?
Mi aceptación o mi negativa a acatar tal sacrificio, mis dudas o mis certezas al respecto ¿podían definirme como un hombre bueno o malvado? Mi comportamiento (y el de mis contemporáneos en la isla) estuvo siempre marcado por el chantaje emocional que aquel dilema encarnaba.

De la vida obtenemos lecciones o bendiciones. Aprendí la lección: no creo en la libertad colectiva, la libertad social, la libertad de los pueblos, de los países. Ningún grupo puede ser libre como tal sin afectar la libertad personal de sus miembros y la de los demás. Aun si supeditar nuestros intereses personales a los intereses de grupo fuera una elección voluntaria, eso no evita que estemos marginando los naturales instintos de soberanía con que venimos al mundo. Cada miembro del grupo carga con sus íntimas pequeñas libertades como las que vengo refiriendo, puesto que no somos clones, manada desprovista de motivaciones propias. Si, como referí en el primer post, ni siquiera la familia, ese grupo en él que como norma nos sentimos protegidos, arropados, seguros y felices, consigue satisfacer la demanda de libertad estrictamente personal que arrastramos (a veces hasta como lastre) a través de toda nuestra vida, ¿qué podemos esperar del tanto colectivismo, tribalismo, socialismo con que los cada vez más abundantes grupos de poder tratan (y consiguen) de enjaularnos desde la farsa de tantas moralistas leyes y discursos ideológicos, psicológicos y estéticos? Las colectivas no son jamás la suma de las libertades de cada uno de los integrantes de un colectivo, ni siquiera de una mínima parte de ellos.
Por lo tanto es un timo abogar por libertades colectivas.
Y, puesto que considero que la libertad está por encima de cualquier otro tipo de interés, salgo corriendo cada vez que alguien reclama o reivindica libertades sociales, o para eso que llaman colectivos marginados, sean sexuales, raciales, minorías étnicas, los pobres, los obreros, para no hablar ya de los animales, las plantas, el planeta y el espacio cósmico.
Los intereses profesionales de muchos políticos y la demagogia de una inmensa mayoría de falsos intelectuales ha conducido a un mejunje tal de confusas intenciones que ya no podemos percibir claramente cuándo estamos hablando de libertades y cuándo de derechos, cuándo de deberes y cuándo de responsabilidad.
El orden social en que vivimos, sea cual fuere, implica precisamente eso: orden. Y para mantener el orden se precisa de la ley. Y la ley es restricción, aunque el objetivo sea presuntamente “proteger” a un colectivo determinado. Las leyes no se promulgan para liberar a grupo alguno de personas, se dictan para restringir la capacidad de acción de quienes suelen o pueden limitar ciertos posibles derechos a los individuos que conforman esos grupos. Pero, los derechos no son libertades. Por eso, cuando hablo de libertad, estoy bien lejos de referirme a este tipo de reivindicaciones que, por otra parte, suelo escuchar más en los discursos y diatribas de oportunistas y demagogos que en boca de gente honesta y de buen corazón sinceramente preocupada por posibles injusticias.
Esas son todas demandas de libertades artificiales, paradójicamente coercitivas e impuestas. Instrumentadas por minoritarios grupos, que a la postre resultan ser sus únicos beneficiarios, no pasan de ser vulgares sainetes compuestos para atraer a una clientela nostálgica de cierta ancestral épica de altos valores estéticos y humanos que ya pocos poetas o historiadores son capaces de ofrecerles.
Los países, en su caso, pueden pretender ser soberanos, independientes tal vez, pero a ellos no es aplicable el criterio de libres. Pues, reitero, libres sólo pueden ser las personas. Sólo a un individuo se puede asignar esa categoría. Y, aun así, sólo ese individuo puede decidir y saber si ostenta tal condición.

Hurgando un tanto más en el umbral de las libertades posibles, encuentro que mi libertad espiritual nunca ha dejado de estar a salvo, que hay un "espacio" en el que siempre he sido sediciosamente libre. Mis alas interiores jamás han podido ser amputadas, atadas siquiera. Desde esas alas he consumado el amor, la música, la poesía, he vivido miles de fantásticas y realísimas vidas, he sido príncipe y mendigo, carpintero y Pinocho, león y álamo. Desde esa íntima improfanable libertad he amado de modo desorbitado y promiscuo, he invadido territorios ajenos, he violado leyes y promulgado edictos. Allí he podido ejercer la maldad y la bondad sin límites, he sido dueño de toda la música y he reído y llorado por los más variados motivos.
La espiritual es, sin dudas, la más desatada libertad que nos podemos permitir en esta vida, la única sin límites, la que no se puede coartar. Aun así, no deja de ser también una de las tantas que hay que cultivar.

Finalmente, este año, el que se fue, se llevó roto un complejo eslabón de la cadena que ata mis pequeñas libertades, quebrado cuando decidí expresar públicamente lo que pienso con el rostro descubierto. Para algo tan natural y que se supone me corresponde por el sólo hecho de estar vivo, he debido esperar casi medio siglo. Se entiende que, luego de toda una vida de censura, exterior y propia, me sienta renacido, como un niño que descubre de pronto las palabras y el maravilloso efecto que causa en sí mismo poder usarlas para hacerse entender, y entonces habla y habla y habla.
Este año que fue he tenido acceso al (me vence el placer de decirlo así) más liberador acto de libertad que he podido consumar. Y, sólo una vez perpetrado, he sabido cuánto lo necesitaba. Porque, de todas esas pequeñas unidades que van conformando el rompecabezas de la libertad posible, esta de expresarme a mi antojo es la más formidable, es el alma, el hálito de vida, la que aporta sentido, personaliza y da categoría de SER a mi libertad.
Disfrutando serenamente, sin solemnidad, sin rabia y sin ánimo de incordiar (mucho menos de vengarme), me he liberado de temores y he increpado a mis recelos enviándolos al traspatio, junto a otros olvidos.
Acertado o errado, incluir en mi normalidad, en mi cotidiana y desordenada existencia, hacer costumbre el acto de expresarme libremente es una de las más regocijantes victorias que he obtenido sobre el mundo y sobre mí mismo. Y un fastuoso regalo que me he dado.
Necesitaba dejar constancia de ello en este humilde blog, que ha sido plataforma ideal y quizás resorte para que todo sucediera.
.

viernes, 22 de enero de 2010

Ciertas pequeñísimas libertades (II)


Si el más bajo nivel de la libertad es su absoluta inexistencia, su punto más alto tiende al infinito: Libertad Infinita. Pero, puesto que todo lo que tiende al infinito es inconcebible para nuestra mente, sólo un acto de Fe nos puede llevar a la aceptación y comprensión de tal perspectiva.

Más de veinte años atrás, mientras reparaba el mundo cada día junto a un montón de obreros de los sueños, poetas, músicos, pintores, amigos y amigas todos, en aquella creída Matanzas de nuestra juventud, había experimentado la Libertad por primera vez. Entre versos y trazos, acordes, acuerdos y besos, jugábamos a hacer preguntas y, abriéndolos al azar, a encontrar respuestas en los sagrados libros de grandes y exóticos poetas como Rimbaud, Whitman o Tagore (aún no nos atrevíamos a buscarlas en nuestros propios amagos artísticos). En algún momento alguien, seguramente en voz baja, sugirió que esas respuestas donde mejor se hallaban era en la Biblia...sss... ¡Cuánto morbo propicia a los jóvenes cualquier gesto que se les antoje conspiratorio! Y eso era justamente la Biblia en aquella provinciana urbe de una Cuba atea comunista restrictiva que te vigilaba e imponía castigo si quebrantabas sus preceptos. Al día siguiente teníamos una Biblia (la de Lissy Rodés...sss, por supuesto) y todas las respuestas en la sala de mi vieja casa.

No soy capaz de describir lo que significó para mí el descubrimiento de una estética y una suerte de liturgia literaria que me habían estado vedadas y a las que consideraba, desde la soberbia de mi ignorancia, retrógradas, kitsch y peligrosas. Unas primeras ojeadas a aquella distribución de los parlamentos en pequeños versículos numerados, el lenguaje multiliterario y nada coloquial de la versión de Casiodoro de Reina, las sugerencias constantes de sus metáforas y la música que traslucía del finísimo papel que enfrentaba por vez primera me descubrieron un universo apasionante y conmovedor.

Nunca devolví a Lisett su Santo Libro. Me lo apropié y me lo bebí, a infinitos y egoístas sorbos, como supongo degustan los catadores profesionales la exquisita intimidad de un vino desconocido y magnífico. Versos de los Salmos y sentencias de Eclesiastés me desposaron con el judaismo. Luego llegó Jesús. La cruz. El Amor. El dolor, el infinito inmenso dolor que me tuvo llorando toda una larga noche. Y ese amanecer en que me descubrí liberado de algo que no podía precisar, pero que estaba relacionado directamete con el conocimiento. Me había liberado de la duda, la incertidumbre del antes y el después. No era creible que algo irreal provocara tal dolor. Ni que tamaño sufrimiento provocara tanto amor.

La Fe me desató de la muerte, me salvó de todo y de la Nada y me liberó del sinsentido. Fue mi primera libertad un encuentro tan absolutamente personal, íntimo y natural, que sólo con el tiempo pude comprender de qué se trataba. La Fe sigue siendo la más cara de mis libertades y la que mayor umbral de maniobra me ofrece; tanto que no soy capaz de llenarlo. Aún.

¿Está el concepto de libertad supeditado a la posibilidad de su ausencia, validado por la perspectiva misma de perderla? Simplificando: ¿se hará la libertad (total) sólo cuando no haya que hacer uso de ella porque han desaparecido todos los obstáculos que nos conducen a ejercerla? El frío no existe, existe la ausencia de calor. Igual la oscuridad: es como nombramos a la ausencia de luz. ¿Sucede algo parecido con la libertad, de modo tal que esta sólo existe o tiene sentido en la eventualidad de que desaparezcan las causas que la propician? ¿Podríamos sentenciar: la libertad no existe, existe la ausencia de límites?

Si desaparecen todas las circunstancias que limitan la libertad no queda nada, apenas “vacío”. El ejercicio de la libertad sólo tiene sentido si existe una situación que impida ese ejercicio, puesto que el concepto de libertad nace precisamente de ese impedimento. Cualquier otra cosa sería unicamente “nada”, ausencia de obstáculos. Si a esa ausencia queremos darle valor, sea, y llamémosle Libertad Plena o Total o Absoluta. Sólo que, en ese caso, no parece que tenga valor alguno, ni utilidad. Si no tienes contra qué usar la libertad (o si cualquier cosa que “elijes” estaba ya determinado de antemano), la libertad no existe. Esa parece ser la conclusión más adecuada para el ser limitado y mortal que habita nuestro conocido mundo inmediato. Y a ese mundo y ese ser corresponden esas pequeñas libertades que voy refiriendo.

Otra cosa es que consideremos la libertad desde el punto de vista de la Fe en Dios, de la trascendencia. Si aceptamos nuestra mortal condición, la defensa de la existencia de la libertad como entidad independiente, objeto o sustancia en sí misma y no como valor sólo referido al hombre, no tiene mucho futuro. Pero, una vez resuelto el obstáculo de la mortalidad (y la Fe lo resuelve), la perspectiva cambia. Esa “nada”, ese “vacío” que queda ante la desaparición de todo límite, adquiere forma y sentido, se convierte en Libertad real y absoluta. Un estado que yo sé, deseo, sospecho ES de plenitud (dando al significado de ese vocablo una connotación imposible de explicar).

La Fe es la certeza de lo que no se ve. La libertad, desde la certeza de la trascendencia, es inexplicable para los humanos. Sólo me atrevo a considerar que sí tiene un referente: esto que conocemos como vida, mortal, finita, limitada.

La Libertad es, entonces, que seré libre de esta finitud, de esta mortalidad, de esta limitada existencia.
.

lunes, 18 de enero de 2010

Ciertas pequeñísimas libertades (I)


Multitud de matices conforman la libertad. Puede que en ello radique la gran dificultad para consensuar un transparente concepto que la defina: en la existencia de múltiples libertades. En mi opinión, la libertad es sólo personal, una cualidad aplicable únicamente al ser individual que es cada quien, y que es el que la perfila, la enuncia, la decide, la moldea, la ejerce o la niega. Al mismo tiempo, nuestra condición de entidades mortales confinadas a este género de la fauna terrestre que hemos autodenominado homo sapiens, confirma ese carácter subjetivo que refiero, al circunscribir la libertad al discreto umbral de actuación de dicha especie.

Esto, entre tantas juveniles razones, provocó que alguna vez considerara a la libertad una más entre las grandes utopías del hombre. O las idioteces. Mis presupuestos para negarla iban desde la imposibilidad de elegir las circunstancias en las que se nace, los factores culturales, los psicológicos o las naturales limitaciones del animal físico que somos... hasta la eventual existencia del destino: lo que sucede ¿es puramente azaroso o irremediablemente necesario (o sea, no podría dejar de ocurrir)? Sólo el azar dejaría cierto margen de maniobra a la posibilidad de existencia de algún tipo de Libertad.

Desde esas y otras muchas premisas emergen una serie de situaciones en las que la decisión de elegir es un acto de nuestra absoluta correspondencia. Estas situaciones son diferentes y constantes y nos proporcionan la oportunidad de ejercer esas pequeñas y continuas libertades con que salvamos o arruinamos cada día. Sin embargo, en determinados momentos, la percepción de alguna de esas libertades menores nos conduce a estados de euforia o simplemente nos llena de insólitas certezas, de tal conciencia de Ser, que solemos recordarlas o exhibirlas como los únicos momentos en los que realmente hemos sido o nos hemos sentido libres. Son momentos de Libertad con mayúscula, escasos, pero fundamentales por su valor como referente en un mundo y una vida tan únicos como coartados.

La primera vez que experimenté la Libertad no fui consciente de ello. (Tampoco, visto en la distancia, sorprende el que no me haya percatado de tan insólito suceso, como observarán más adelante). Por ese motivo, cuando refiero los pocos momentos en que he rozado situaciones de auténtica liberación, no lo hago siguiendo el orden cronológico en que fui llegando a esos estados, sino aquel en el que los percibí.

Hace ya años, catorce para ser preciso, reconocí cómo me sucedía la Libertad por primera vez. La acompañaba cierto matiz doloroso. Cargaba con una pérdida, un pequeño enorme sacrificio necesario para la percepción del acto sublime de sentirme ¡LIBRE! Sucedió a poco de llegar a España, exiliado, cuando mi esposa se reunió conmigo. Una noche, mientras buscábamos trabajo de bar en bar. En el metro de Madrid. Sentí que, por primera vez en mis 34 años, no tenía que rendir cuentas a nadie. Y cuando digo nadie, hablo de mi familia, que era, a esas alturas, la única institución humana a la que me sentía obligado a rendir cuentas desde hacía ya tiempo (ese era el dolor: la tanta lejanía).
Estábamos solos, en otro mundo. Sentí una brutal liberación. Nadie me esperaba al regresar esa noche. Ni siquiera tenía adonde regresar. No me importaba regresar a ningún lado. Ni quería. Tampoco debía "avisar" a nadie si tardaba o si no regresaba. Estaba, de entre todas las personas que amaba, con la única que había elegido yo para darme un baño de vida si esta, la vida, me daba esa oportunidad. Y me la estaba dando. Reíamos, saltábamos las escaleras y el andén. No teníamos ni dinero ni trabajo ni “papeles”. Ni futuro inmediato. Nuestro pasado estaba lejos, literalmente lejos en el espacio, más allá del océano. Mi hijo estaba a salvo, bien cuidado y en el país donde siempre había considerado yo que debía estar. No teníamos nada que perder. Ni que ganar. Estábamos liberados de compromisos. El lastre de nuestra responsabilidad para con el resto del mundo, los afectos, las convenciones sociales, las correcciones en nuestros modos de comportarnos, toda esa carga que, sin dejar de ser incluso hermosa, es agresivamente pesada, había desaparecido. Al menos momentáneamente. Ni siquiera nos sentíamos responsables de haber propiciado esa situación. Y, uy, ¡éramos libres! ¡absolutamente libres!
No digo que fui feliz porque no lo recuerdo. Pero, sentí la Libertad, en tiempo real, por primera vez en mi vida.

Cada pequeña libertad tiene su propio umbral de maniobra, su espacio pleno en su territorio particular, y sus fronteras. Por eso, cuando digo que he sido o soy libre me refiero a que he conseguido cubrir plenamente el espacio destinado a un tipo particular de libertad, a que he llenado todo ese espacio como haría el agua en un estanque, aunque sin la posibilidad de desbordarlo.

Aquella, por tanto, fue tan sólo una de las tantas pequeñas libertades a que podía o puedo aspirar, una desatada posibilidad de movimiento, física liberación que hizo fluir la sangre por mi cuerpo y aligeró mis pies. Aquella libertad me procuró una mejor perspectiva de nuestra situación, incrementó mi fe en el futuro y me confirmó definitivamente que había dado el paso correcto al largarme de Cuba.
.

miércoles, 13 de enero de 2010

La constante espontánea sonrisa de Obama

El miércoles 23 de septiembre de 2009 el presidente norteamericano Barat Hussein Obama II, durante una recepción en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, posó junto a su esposa para una serie de fotos con los dignatarios extranjeros que se encontraban en la ciudad a raíz de una reunión de las Naciones Unidas.
El Departamento de Estado Norteamericano colgó 135 de esas fotos en su espacio en Flickr.
Un usuario de Vimeo, Eric Spiegelman, recortó y comprimió en 20 segundos las fotos en cuestión. Al presentar el resultado de su video comenta:

"Señoras y señores, el Presidente es un robot. O una escultura de cera. Tal vez un recorte de cartón. Todo lo que sé es que ningún ser humano tiene fotos con esta sonrisa sorprendentemente constante".

Cantinflas Hussein, eximido de tener que hablar, se tornó por un día en Mr. Sardonicus Obama, por lo que tiene exactamente la misma sonrisa en cada disparo.

Francamente, nada hay más parecido a un personaje de comic que este 44 presidente de los Estados Unidos.
Aquí el enlace original a la página de Eric Spiegelman.