"Dos riberas" es canción de una historia real. Historia hermosa y triste. De otros y mía. De amor y dolor, como todo buen amor.
Muy pocas veces he podido cantarla completa pues no tengo defensa ante esta canción. Se me encima, cada vez que recurro a ella, con todo el derrumbe de mi mundo, esa caída hacia otro Rubén que fue la década del 90' del Siglo XX, que comenzó quitándome a mi madre y, sin detener, separándome de mi hijo, de mi padre, de mis hermanos, de mis amigos, de mi tierra, de mi comida, de mis sueños y mis rabias, de mi futuro de cantor y una probable adultez y del cabal cumplimiento de aquella reposada vejez junto al río, frente al mar…
Nada de lo tanto hermoso vivido después de esa década ha conseguido reconciliarme con Dos riberas, reconocerla como una canción de circunstancia, útil, como toda canción, únicamente para exorcizar lo peor del pasado. Sigue siendo un golpe en mi pecho.
Hay cosas a las que no se le debe cantar. Las canciones son la fotografía de las emociones, un retrato no de la imagen sino de lo que estás sintiendo cuando aprietas el obturador de la melodía y el verso.
Los protagonistas de Dos riberas no sólo tienen una historia de amor increíble. De esas de también dolor. Él, además, ha compuesto algunos de los más bellos cantos que se han escrito en Matanzas. Ella no se ha conformado con provocar muchas de sus canciones y también las ha cantado.
Ayer, por andar de aniversario, quise aproximarme a los años de mi niñez y su resaca con la canción Entre El Palenque y El Pan. Justo entre esas dos lomas nació mi padre. Un lugar hermoso y perfecto donde los Aguiar tenían su pequeño feudo de sudor y sueños. Y donde mi infancia retoza hermanos primos risas juegos jardines guarapo amor mucho amor amor. La mayor parte de aquel sitio ya no existe. O mejor: existe bajo las aguas de un inmenso lago, una presa, que alguien construyó allí hace más de 40 años. Esa casa de la foto yace bajo ese lago. Intacta de cemento e historias de mis abuelos, que la construyeron, de mi padre y sus hermanos y mis primos. En ella velamos a mi abuela cuando se marchó. Igual de intactos y eternamente borrosos bregamos nosotros, los de la foto ante la casa, eternos de agua y aquel amor. Mi madre al centro, mi abuelo Niní a la izquierda, mi abuela Rosa a la (ala) derecha. Los primos todos. Y al fondo, asomado, El Pan de Matanzas. El Palenque y sus cuevas enormes quedaba al frente. Ese sitio de la foto era la cuna, génesis, el paraíso en el que abuelo, entre el portal trasero de la casa y la loma había construido un terreno de pelota para esa creche de la foto que existía tan solo los sábados y domingos. Allí, las mañanas antes del juego ordeñaba su vaca y nos lanzaba burlón desde la tetilla la primera leche de aquella que luego ahumaba abuelarosa en sus enormes calderos de lata. Es una historia infinita que acabó cuando sacaron de allí a todos los habitantes de la zona y poco después construyeron la laguna que nos sumergió a toda la familia en la única tristeza que probablemente nos sobreviva. Todavía, de vez en vez, se me aparece ese niño de la foto que fui, preguntando cómo pudo suceder aquello, por qué, quién lo hizo y de qué manera. También mi padre se lo pregunta tantas veces, entre ellas en esas décimas que comparto al final.
Traigo desde la foto esta historia porque hace apenas un rato he leído el comentario de un amigo, Julio Vicente, que me ha cortado la respiración. Julio es amigo de Facebook, de relativamente poco tiempo. Nació en Holguín, Cuba, pero tiene mucho camino andado que incluye Rusia, España, Paraguay, Estados Unidos. Es músico, poeta y aquello otro, agudo, apasionado, conoce un montón de cosas que me sorprenden cada vez que las nombra. Pero lo más notable en él es que parece haber estado en cuanto evento ha ocurrido en este universo. Al escuchar mi canción Entre El Palenque y Pan ayer, me comentó: ——— "Julio Vicente Eso está lindo! O en términos técnicos: Eso está bueno tuuuu!" "�Julio Vicente No, y ahora me doy cuenta que he estado ahí. Dragando una presa. 40 o 45 años a. Oye, entre el palenque y el pan lo que hay es agua. Ahora me doy cuenta. Digo, si no se ha secao. Lindos parajes, pero te queremos por aca, Master!"
"Rubén Aguiar Muñoz Julio Vicente No sé si he entendido mal... Explícame eso de que has "estado ahí dragando una presa 40 o 45 años a", por favor."
"Julio Vicente Rubén Aguiar Muñoz , estuve en La Coca, Campo Florido, en una escuela de operadores de Grúas (retro excavadoras, Dragalinas, Izaje, Frente Pala y Jaiba) 1973-1975 y haciendo prácticas íbamos a empresas a hacer prácticas y yo estuve en Ceiba Mocha y todos esos parajes preparando ‘las cañadas que van al San Juan’ jajaja para hacer represas bueno, era cerca de la loma El Palenque, y del pan de Matanza. Lejos Del Río San Juan, si a eso te refieres en tu canción. Pero me acordé de esa parte de mis historias. Eso lo dejé para ir para la escuela de instructores de Arte. Chau grúas." ——— No tengo cómo describir lo que siento. No sé lo que siento!! ¡Fue Julio Vicente quien…!!!!!! Increíble. La vida es asombrosa. Y hermosa de veras. Tanta tristeza y de pronto esta curiosa alegría de lo pequeño que es el universo y lo cerquita que estamos unos de otros, en el espacio y el tiempo, en el misterio y la magia! En venganza dejo aquí estas décimas de mi padre donde acusa a ese lago. A Julio le encantan las décimas así que no encuentro mejor castigo para quien creyó alguna vez que el talento se puede desperdiciar manejando grúas. Un artista en otro oficio puede ser un grave peligro.
"La finca donde nací, situada en Valle Elena, y las praderas que la bordean y me vieron crecer entre las lomas El Pan y El Palenque de Matanzas, Cuba, se encuentran hoy sumergidas bajo las aguas de una inmensa presa o pantano construida por el hombre..." Rubén Aguiar Dávila.
Inmenso lago, tú ignoras Que el asiento de tus aguas Nutrió en mis tiempos sin maguas Mis virtudes creadoras. Tú no sabes las auroras De vivencias que aniquilas, Ni sabes que mis pupilas Cansadas de ver estrellas Buscan sepultas mis huellas Bajo tus aguas tranquilas.
Tú no sabes que la luz Me llega de donde posas Que el silencio que reposas Para mi es látigo y cruz. Que un inefable capuz Invade mis reflexiones Que donde tus proporciones Se hacen líquida sustancia Treinta años de fragancia Besaron mis ilusiones.
Con qué intimidad te acuestas Gigante desentendido, Sobre mi espacio vivido Y el espejo de mis fiestas. Con qué arrogancia recuestas Tu transparencia a mis lomas Con qué cuerpo sin aromas Ni savia para las flores Tomas todos mis amores Y no sabes que los tomas
Te acuso por tu indolencia De anegar el caserío Dejar el valle sin río Y las flores sin esencia. Te acuso por tu presencia De incolora longitud Y porque mi juventud Y mis sueños de regazo Son víctimas del abrazo Eterno de tu ataúd.
Te acuso porque el sinsonte Plegó sus alas de seda Al quedar sin arboleda, Frutos, palmares ni monte. Por hacer del horizonte Un espejismo difuso Y por el flagrante abuso De exterminar el batey Patrimonio de la grey Que me antecede, te acuso...
Tu delito es no saber Que eres bóveda de todo, Barro, lino, frondas, lodo, Borrando mi amanecer. Tu delito es converger Lo siniestro con lo humano Y tus náufragos, el llano, El valle, el Palenque, el Pan, Fiscales que juzgarán Tu demencia de océano.
---- Aquí un link a un video de mi padre diciendo esas décima suyas dedicadas a la presa bajo la cual vive humedecido todo su pasado. Y buena parte del mío! https://youtu.be/dK4beuAI-Z8
Por supuesto que me encantan las buenas películas rusas. Sobre todo ahora que Hollywood, Netflix and the gang han asumido ese tono rojo banal retorcido e hipócrita que ensucia y está acabando con el cine. A diferencia de los rusos, que lo hacían con un revolver apuntando a su cabeza, estos postmodernistas de acá lo hacen con la pistola en la mano y evidentes ganas de disparar.
"Cada noche a las once" es la película más importante de mi vida. Tendría once o doce años cuando la vi por primera vez, en Cuba, en tv, subtitulada, por supuesto. Yo era un niño pero crecí con esta película en el alma. Luego la vi cada vez que la reponían, calculo que más de diez veces entre principio y finales de los setenta. Después ya no la vi más.
Pero quedó por largos años ahí, donde ni yo mismo podía acceder. La he estado contando por los tiempos de los tiempos, por los whiskys de los whiskys y desde esa insolencia de “yo sé la mejor película” que no tienes cómo demostrar… sí, como es mejor el verso aquel que no podemos recordar.
También la he estado cantando por todos los años desde aquella primera vez cuando, tras el конец, tomé la guitarra y toqué la canción que es el tema principal, bien simple, bella y rusa, casi francesa y tango como desde siempre se me antoja que es la música rusa. Mis amigos y mis hermanos se saben esa melodía y no vieron nunca el film.
Ahora mismo acabo de verla nuevamente, en ruso. Y aunque no entiendo una palabra, lo entiendo todo. La dejo aquí solo por la emoción… o, quién sabe, quizás alguien se anime alguna vez y la subtitule en español. Sigue siendo mágica esta película para el yo siempre adolescente que sueña para sí la más bella historia de amor del mundo.
Película: “Cada noche a las once”. Director: Samson Samsonov. Guión: Edward Radzinsky sobre una historia de Anar Rasul oghlu Rzayev Compositor: Eduard Artemyev Protagonistas: Margarita Volodina y Mikhail Nozhkin. Año: 1969 Estudios Mosfilm.
Debí llorar y ya ves, casi siento placer. Eso es sólo la mitad de esa frase completa.La otra mitad es la melodía que no hay cómo expresarla si no es en música. Es el comienzo de una de las más espectaculares canciones cubanas, feeling y bolero a la vez. Sus autores son Gerardo Piloto y Alberto Vera,un binomio grande.
"Debí llorar". Disfruten esta magnífica versión, voz, guitarra e interpretación de Barbara Milian.
Mis canciones se parecen tanto a mí como ese hombre que mira cuando me veo en el espejo. Sólo que ellas miran desde el otro lado de un espejo interior. Como yo, mis canciones están, en su mayor parte, configuradas por todo aquello que la cultura, la circunstancia y la herencia han dispuesto. No obstante hay un tramo en ellas que escapa a ese destino común a todos, un tramo que es mi personal aporte, mi decisión, mi empeño y mi libertad. Por supuesto, este último tramo también es una deuda que cargo. La canción es un arte que tiene, lamentablemente, muy pocos grandes artistas. Pero esos pocos maestros exhiben y proponen un umbral de belleza al que sólo es posible acercarse desde el más estricto y riguroso camino de búsqueda de la excelencia posible. Aunque no todos consigamos llegar a la meta. De esta manera mis canciones, que tanto se me parecen, no serían las mismas sin la obra de los cinco dioses de mi personal Olimpo del Arte de la Canción. Uno de ellos, Mike Porcel, hace unos años me hizo el regalo sublime de cantar una de esas mías canciones que, sin sus propias canciones, probablemente no sería así. Hoy Mike es cercano y eterno en su amistad, pero el enorme artista maestro que es le roba protagonismo al amigo en este momento que comparto en el video.
Mike Porcel interpretando mi canción “Cantar de Gesta”.
Xtrings Studio. Miami, 2014.
Estreno canción junto a Barbara Milian en mi canal de Youtube. "Acertijo".
La letra de la canción es en décimas. A finales del siglo pasado mi comunicación con mi hermano Pedro Alfonso era a través de emails, él desde Chile yo desde España. Pedrito solía escribir los suyos en décimas y no había quien detuviera la controversia. Estas décimas del texto de la canción son una de mis respuestas. La música comencé a hacerla en 2013. También por email, le envié a Barbara el texto y el fragmento de música que yo había compuesto hasta el momento. Recibí de respuesta un mp3 con la música que faltaba. Dijo "una propuesta" pero a mí me pareció maravillosa. Ahora la hemos grabado y arropado con imágenes. Esperamos les guste.
"Acertijo" - Interpretes: Rubén Aguiar y Barbara Milian Letra: Décimas de Rubén Aguiar Muñoz Música: Rubén Aguiar y Bárbara Milian
Acertijo
Afuera, la madrugada. A mi lado, mi mujer. En mi pecho, sin nacer, la décima desvelada. Al norte, la tan soñada Francia, romántica y loca. Al sur, África que evoca a los abuelos. Al Este, la guerra. Y en el Oeste la tierra que me convoca.
Arriba, el cielo infinito. Abajo, el polvo al que voy. A un lado, el calor que doy. Al otro, el que necesito. Delante de mí, inaudito, un futuro ¿luminoso? Detrás, el feroz acoso del pasado. Y cada día más cerca la lejanía, más lejos lo provechoso.
En mis manos, la guitarra. En mis piernas, el camino. En mis ojos, el destino. En mi oído, la cigarra. En mi cabello, la garra del tiempo, el intolerante. En mi ceño el más constante fruncir. Mi espalda desnuda. En mi palabra, la duda. En mi elección, el amante.
Así vuelvo a andar, disuelto en la vida, que transcurre con tanta prisa que aburre. Libre, como un verso suelto, con mi música he resuelto imposibles acertijos. Y voy como van los hijos del campo, con el arado sobre mi rostro grabado de rústicos escondrijos.
Afuera, la madrugada. Adentro, el amanecer. Delante lo por hacer. Detrás lo que fue y es nada. A la vera, la tonada. Al pairo, lo que medito. Arriba, el cielo infinito. Abajo, el polvo al que voy. A un lado, el calor que doy. Al otro, el que necesito.
Cienfuegos, Cuba, finales de los 80. Recorríamos Pedro Alfonso y yo todo lo recorrible, como hacíamos en cada pueblo, ciudad, batey o finca de la isla donde actuábamos. Nos inventábamos sobre la marcha los motivos menos ortodoxos para divertirnos. Y procurábamos conseguir fotos de las situaciones más inverosímiles, cada uno desde su cámara. Yo le fotografiaba a él y viceversa. Luego intercambiábamos los negativos. Razón por la cual conservo casi exclusivamente aquellas en las que aparezco yo. A él le ocurre lo mismo y lo contrario. Estas son, probablemente, de nuestra primera gira con La Seña del Humor de Matanzas a Cienfuegos.
...
Primera foto. Haciéndome pasar por liliputiense ante la bodeguera para conseguir una lata de galletas. Pedrito hizo esta foto a escondidas. La conseguí. La lata de galletas. Aunque tuvimos que salir disparados cuando me erguí para agarrarla. En la cola no entendían mucho. Era apenas un tipo agachado, de voz muy ronca, parloteando a grito pelao' con uno muy serio que asentía. Para la vendedora… momento de la foto:
- ¡¡Señora deme una lata completa!!… - gritaba desde abajo mientras agitaba la mano - A mí una entera… ¡¡Una entera, SEÑORA!!
Creo que aquel "señora", en lugar del habitual y correcto "compañera", gritado por aquel mediohombrecito fue lo que impresionó a la desconcertada mujer. Por supuesto, ella no iba a negarle lo que pidiera aquel personaje desde allá abajo. El mostrador le impedía ver más allá de mi cabeza y mi mano.
Ni siquiera lo hicimos por las galletas: era por conseguir la foto. ...
Segunda foto. El mismo truco para obtener una revista con la que forrar ese libro que no se soltaba de mi mano y que se descascarañaba por minutos entre mis dedos sudados. La Odisea. Yo era Nadie participante de aquella "Semana de la Cultura Cienfueguera del 18 al 24 de Abril". El calor era mi Polifemo. Pedrito, que tomaba apuntes en la Zenit soviética, Homero.
...
Los capítulos en los que aquellos curtidos guerreros griegos, protagonistas de la historia que contaba el ciego juglar, navegaban de regreso a Ítaca eran lo único refrescante aquel día bajo el sol de La Perla del Sur. Registrado en la tercera foto.
...
La última es una foto sin/con mucho engaño y justo premio: ¡¡Conseguimos Nafasolina!!
Éramos nafasolindependientes. No sabemos por qué, pero en lo que coincidíamos sin remedio aquellos humildes artistas matanceros era en nuestra nariz eternamente congestionada y moqueando y en la necesidad de esnifar nafasolina o, en su defecto, agua con sal de manera constante. Quizás fueran las cercanas fábricas del puerto que sobre nuestras calles y puentes vertían aquel humo que los poetas confundían con romántica niebla. Quizás simple alergia al clima político universal, a las aglomeraciones o a la polvareda desplegada tras el derrumbe del muro, del campo y del espíritu de entusiasmo. El caso es que vivíamos prendidos a ese medicamento. Justo en aquellos tiempos comenzó a escasear y había que conseguirlo por receta o resolver dando coba y chantajeando a las amistades. Pero Cienfuegos era, para nosotros, la perla virgen. Y, tras una muela de media hora, aquella buena mujer, la de la foto, me vendió un pomito de Nafasolina. La foto es testimonio de la solemne entrega oficial. Ella obtuvo una entrada gratis para la función de esa noche, función que, sin su comprensión y noble gesto subvertidor de la ley, no se hubiera podido realizar porque, literalmente, nos estábamos ahogando. Homero, sobre el mostrador, al confirmar nuestra conquista, exclamaba a dúo con Odiseo: "¡No me lo puedo creer!" Conseguimos la foto. En esa época no había foto que se nos resistiera.
Sucedió el siglo pasado. Como todo. Corrían los ochenta, los años más lentos de la historia del hombre. Una década tan cargada de sucesos que parecía no acabaría nunca. Y de la que es imposible recordar lo tanto vivido.
Aunque, para compensar los agujeros de la memoria, andan, habitando cajones o como marcadores de polvorientos libros, algunas pocas fotos en las que aún somos jóvenes y sabios, atrevidos y convencidos de que el futuro existe. Sólo hay que remover un poco el trastero o releer a Homero, quizás.
En estas fotos, que hasta hace unos minutos no recordaba, están atrapados algunos de los más conmovedores momentos de mis ochenta. Y sospecho que también el de los co-protagonistas del suceso.
, artistas cubanos de sello propio y personas de alto calibre, y aquel humano poeta cantor crédulo y noble repleto de rimas y sueños llamado Lázaro García, sobre quien desde la distancia es tan difícil tener noticias, nos acogieron en su huerta, Cienfuegos, donde nos engordaron con su abrazo y el aplauso de sus conciudadanos.
Fueron varios encuentros. Nosotros hicimos lo mismo. Los llevamos a Matanzas para que mostraran a los nuestros esa parte que eran ellos de la ciudad que más le gustaba al Benny.
y Rubén Aguiar les llevamos el nuestro poquito de la ciudad que le faltaba al mundo, Matanzas, la que en 1860 había sido declarada La Atenas de Cuba.
Compartimos no sólo música y humor. Fueron también el hogar, la cocina, los parques, las familias y esas miradas y confidencias que son patrimonio de los grandes amigos y las personas que sólo necesitan estar cerca para aliviar el mundo.
Sí, corrían lentos los ochenta. Pero nada hacía presagiar que era porque no repetiríamos aquella intensidad viviendo.
Confieso que las imágenes me dejan también cierta melancolía, casi tristeza. Claro que más triste es la muerte. Pero esta obligada distancia de personas y sitios que alguna vez fueron alimento para tu espíritu, impulso, abrazo y canción de vida, no me permite acceder a la plenitud detrás de los recuerdos.
Oscaridad (II) ¿Contraste entre ricos y pobres? No. Contraste entre estafadores e incautos. Eso es el film "Parasitos".
Lo esperpéntico es leer a puñados que "Parásitos es un retrato brillante de la lucha de clases". Clase pobre vs clase rica. Para luego ver esa lucha, talentosamente expuesta en su cinematografía, reducida a una "simpática clase estafadora", los pobres, desvalijando como parásitos a una "tontísima clase de incautos", los ricos. Aunque los protagonistas son los primeros, por supuesto. Vagos, oportunistas, estafadores, parásitos. Es el orden en que nos los presentan. Los que hemos sido pobres ¡y tan pobres!, reconocemos ese tipo de personaje de barrio, esa familia en la que nadie quiere trabajar, que anda siempre a la caza de una oportunidad para hacerse con los bienes de los demás, sea estafando, robando, chivateando… y odiando, envidiando y maldiciendo, no ya a los ricos sino a sus prójimos mas cercanos, la gente que trabaja y se esfuerza en salir adelante por sus propios medios, sin engañar ni hacer daño a nadie, sin apropiarse de las propiedades ajenas. "Parásitos" termina siendo una alegoría perfecta de la diferencia entre la mezquindad, esa familia pobre estafadora, y la honradez, cualquier familia pobre pero decente que no aparece en la película y que no sería capaz de cometer ninguno de los delitos que se magnifican como gracietas de los estafadores en el film. Deja mucho margen a la imaginación cómo puede haber sido la vida, el entorno y la educación que recibió el director en su infancia y juventud, cuando era pobre. O a qué le huelen los suyos y nosotros, los pobres, ahora que pertenece a otra clase, la de los famosos y probablemente rico.
En "Parásitos" eso son las dos "clases" en lucha. No son personas que se comportan a la altura de su criterio de la responsabilidad: son dos clases. Una brillante burla gestionada por los neodiseñadores de la corret-opinion y confirmada por la mayor parte de los asalariados de la industria del cine, siempre evadiendo el riesgo de moverse mucho por temor a quedar fuera de la próxima foto. Y finalmente aplaudida por los millones de consumidores que adoran el cine, les disparen lo que les disparen.
Las mediocres actuaciones son algo perdonable teniendo en cuenta lo falsos y poco creíbles que resultan todos esos caricaturescos personajes. Sólo se salva, en su brevísima aparición, la chica de la pizzería que regaña a la familia protagonista por echar a perder, con su holgazanería e indolencia, las cajas de pizzas. Por cierto, ese personaje sí representa una posible pobre real luchando por salir adelante, como realmente hacen y deben hacer los pobres para salir adelante.
El humor es absolutamente predecible. Una vez planteada la trama ya es fácil seguir cada gag, esperarlo, adivinarlo, pues estamos acostumbrados a ese tipo de comedia de enredos. Entonces resulta agradable y cómico sentir confirmado el chiste y la solución que veías venir. Lo saben todos los humoristas. Y no sólo los que hacen comedia recurren a este truco. En la música popular sobre todo, el éxito y las cifras multimillonarias que maneja la industria dependen de que los rompimientos sean los menos posibles, de ahí que en cualquier género las canciones que se promueven tengan idénticas bases armónicas y melodías y estructuras semejantes, de manera que parecen todas casi una sola, la misma pero muy larga. En Parásitos, incluso cuando cambian o se entremezclan los géneros, se recurre al recurso de llevar al espectador a un estado o sentimiento de burdo "¡¿qué será lo que vendrá?!". Este es un truco que ya comienza a peinar canas. Se ha convertido en un lugar común apostar por la sorpresa desagradable para provocar una emoción basada en el futuro, el susto previo a la ruidosa imagen violenta que seguramente viene. Es esta una emoción que proviene de afuera, abandonando el viejo método de provocar a la mente y a la inteligencia con insinuaciones y sutilezas en las que la emoción surge de la confirmación de lo se ha concluido desde los datos que te ofrece la narración de la película. Una emoción, esta última, que proviene de adentro. No es que el recurso no sea válido, simplemente no es nada novedoso. Tarantino y los Cohen son maestros en esto. Pero en Parásitos ni siquiera es muy original lo que ocurre, lo que conduce a que el humor se diluya y uno no consiga ni incomodarse ni sonreír.
El malestar lo provoca no saber si se están burlando de esos ricos o se están burlando de mí haciéndome creer que se están burlando de los ricos mientras se burlan de los pobres. Pero bueno, si en esta postmodernidad una academia otorga su premio de Literatura a un cantautor que hasta como músico es de mediocre para abajo y todos tan campantes, qué importancia puede tener que cualquier academia de cine otorgue su premio mayor a una película de menor nivel que otras que aspiraban a esa distinción. El valor de los Oscar no proviene de los premios que otorga sino de la excelencia de las películas que se realizan cada año. Pero su infraestructura convierte en jueces a una clase al parecer poderosamente resentida y tendenciosa que se divierte repartiendo a su gusto y medida el prestigio robado a aquella otra clase de verdaderos artistas que son la causa de que ellos existan y de la que se nutren como Parásitos.
Acabo de ver "Parásitos",
la película coreana que recibió cuatro Oscar en la edición 92ª de entrega
de esos premios.
Construida de punta a cabo sobre
armazón hollywoodense, o sea,
occidental, lo que echa por tierra cualquier expectativa de disfrutar algo
exóticamente novedoso, "Parásitos" es una comedia de medio
palo que nada aporta ni a la comedia ni al palo. Mucho menos al
cine. Y, por supuesto, con una dirección y un guion a la altura de
esas escaseces.
Mi perplejidad es tal que,
honestamente, pienso que quien no coincida en ello es porque no la ha visto. Y,
si la ha visto, entonces es que no ha visto "1917" ni "Érase una
vez… en Hollywood" ni "El irlandés" ni "Joker" (ni "El faro" ni
"Richard Jewell" ni "Historia de matrimonio" ni
"Doctor Sleep" ni "Uncut Gems" ni
"Knives Out"… vaya 2019!)
Y si las ha visto todas y aún cree
que “Parásitos” merecía un premio (¿mejor
película de habla no inglesa?!! no jorobe, ¿así está el cine por
ahí?!) es porque pertenece a ese grupo de cinendofóbicos que
lleva semanas denunciando que las otras cuatro películas aspirantes al premio
fueron nominadas porque estaban realizadas
por blancos. Sí, hechas
por "hombres blancos".
¡Películas acusadas
de haber sido nominadas no porque no fueran buenas o por pretenciosas o porque
los realizadores fueran agitadores políticos o activistas enemigos o
terroristas o porque son amiguetes o millonarios y compraran las nominaciones.
Nada de eso: porque están hechas
por ¡Hombres Blancos! Nivelazo de acusación!
Por cierto, las citadas no es que
sean buenas, ¡es que son cuatro magníficas películas dignas las cuatro de
Premio Mayor! Aún cuando no nos
gusten. Y con Premio Mayor, no me refiero al Oscar, que visto lo visto en
estos últimos años, no vale la pena. Hablo de algún premio que se
respete. Sí, ya sé, ojalá algún día se instaure un premio así.
Mi reacción cuando leí que el Oscar
lo ganó la película coreana fue de desconcierto. No la había visto, así que no
quise apresurarme y concedí que quizás estuviera a nivel, aunque convencido de
que era poco probable que superara a las otras nominadas. Cuando la vi, mi
primera reacción fue de malestar, por supuesto. Mis favoritas eran
- "1917" de
Sam Mendes, un magnifico espectáculo cinematográfico, encima sin discursos
moralistas y alejado de conflictos que le obligaran a cometer burdas
concesiones ante la cada vez más afilada guillotina de lo políticamente
correcto que hoy florece en cada plaza o esquina de la red…
y
-"Érase una vez… en
Hollywood", de Quentin Tarantino, que me sorprendió y emocionó con una
incontrovertible propuesta (que ya había insinuado a manera de comedia en Inglourious Basterds,
en
la quemató a Hitler en un atentado, pero que esta
vez es tarantinamente explosiva
y taranatinadamente conmovedora): el arte nos puede hacer vivir una
versión de la vida como debió ser.
(La
propuesta que se me antoja en Tarantino es excitante y esperanzadora. En
ausencia de un eterno retorno constatable, el arte, sobretodo el arte del cine,
nos permite vivir nuevamente nuestra vida. Pero cada próxima vez tenemos la
oportunidad de corregir lo inapropiado y vivirla, arte mediante, como nos
hubiera gustado ocurriera la vez anterior. No confirmando o maldiciendo lo
vivido, no opinando, no juzgando. Simplemente vivir lo ya vivido pero a nuestro
gusto y sin improvisar. El arte como posibilidad de reconciliarnos con nosotros
mismos, concediéndonos la oportunidad de reparar nuestros descuidos e
infortunios. Está claro que Tarantino en sus filmes se da el gustazo de
vengarse, que para eso es Tarantino. Pero a su favor consta que no hay garantía
alguna de que su propuesta artístico-filosófica sea reconocida y aceptada. Yo
diría, incluso, que tiene amplias posibilidades de que sea ignorada y
rechazada, que para eso es hombre
y blanco)
Cualquiera de ellas. Pienso que son
las dos mejores películas de 2019.
Pero aquella, la de la molestia, fue
sólo mi primera reacción. Luego me fui a los videos, los comentarios, los
artículos, las redes y…
A ver si me
explico bien. Al final me va quedando la impresión de que mi creciente fobia
hacia los miembros de la Academia de la Caridad al Pobre Oscar, o sea, los
que dan los premios, no parte de una premisa razonable ni inteligente, quizás
porque carezco de la astucia que le sobra a esos señores para resolver asuntos
tan delicados como tener que elegir. Y es que, viendo los discursos de los
premiados y de casi todo aquel a quien le ponen un micrófono delante en
Hollywood últimamente, he comenzado a sospechar que la Academia, en pleno,
puede que esté hasta el bigote de escuchar tanta sandez, tanta babosearía,
tanta hipócrita reivindicación de tanto ricachón complejista y
sobrado de doble moral, teniendo en cuenta que para ellos, los académicos, eso
debe ser pan de cada día. ¿Será ese el punto?
Bueno, lo sea o no lo sea, yo a
estas alturas del festival casi prefiero que premien a los pioneritos coreanos
con tal de no tener que escuchar más discursos de los miembros del Comité de
Agitación y Propaganda del Frente de Supremacistas Morales
del Progrexismo Hollywoodense. Con el discursito del afectado miembro
que interpretó al Joker (sin superar ni por asomo a su
previo, Heath Ledger) tengo bastante. Ya está repleto mi álbum de
colección de ídolos caídos.
Me temo que Tarantino tendrá que
ceder y concedernos diez
películas más para reparar toda esta etapa decepcionante de la historia del
cine americano.